Unos por otros

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23/05/2011

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  Conocí a Jesús Fernández Pita en el otoño de 1982. Una invitación a los medios de comunicación para viajar a Japón con las cooperativas COFAN, GRAMAR y EITE, fue a parar a mis manos y me dispuse al viaje. Todo se hizo por teléfono y quedó dispuesto para embarcar en el avión que, desde … Continuar leyendo "A PLANTAR ÁRBOLES AL DESIERTO"

A PLANTAR ÁRBOLES AL DESIERTO

 

Conocí a Jesús Fernández Pita en el otoño de 1982. Una invitación a los medios de comunicación para viajar a Japón con las cooperativas COFAN, GRAMAR y EITE, fue a parar a mis manos y me dispuse al viaje. Todo se hizo por teléfono y quedó dispuesto para embarcar en el avión que, desde Labacolla nos llevaría a Madrid y, de allí, a Tokio.
Embarcamos en el vuelo regular y, cuando ya nos habíamos acomodado en los asientos asignados, la megafonía del aparato se disparó hacia nosotros: “Los pasajeros con destino a Tokio, tengan la bondad de desembarcar por la puerta de cola”.
Los diez o quince que nos sentimos aludidos nos miramos y, sumisamente, abandonamos la aeronave por la salida indicada. Ya en la terminal nos explicaron que algo había ido mal en la tramitación de los pasajes. Regresamos a casa a la espera de instrucciones. Ni que decir tiene que el cachondeo dominó el regreso a la redacción del periódico.
La expedición tenía por objeto conocer en Japón cuestiones relacionadas con la silvicultura y la cría de árboles, objetivo de la Cooperativa para el Fomento de Árboles Nobles (COFAN) que fundara Fernández Pita; que los técnicos de GRAMAR (Granjas Marinas) conociesen métodos de acuicultura para preparar su implantación en las rías gallegas, y que ingenieros electrónicos de EITE supiesen de los métodos de fabricación de chips por los campesinos japoneses. Por parte de los medios invitados, viajamos Miguel A. Boo, Magis Iglesias y yo. También había un cura, de cuyo nombre ni me acuerdo, pero al que conocíamos como el “padre Sudario”, habida cuenta de lo tremendamente que le “cantaban los alerones” y al que recibíamos los “Soba, Soba Carajan blues band” (como nos bautizamos los alevines de arquitecto, los periodistas y Xabier Alcalá, que representaba a EITE) cantando aquello de “Los pajaritos”, acompañado del “aleteo” popularizado por la canción de María Jesús y su acordeón.
Tras el suspense de aquel primer intento fallido, la cosa pareció resolverse, no sin mediar un lío bancario para lograr la financiación del viaje que no es cosa de detallar ahora. Por fin salimos de Labacolla, hicimos transbordo en Barajas para embarcar en un “Jumbo” de Japan Airlines, volver a transbordar en Amsterdam y recalar en Anchorage (Alaska) antes de sobrevolar el Polo Norte y ver el sol de medianoche, para aterrizar en el aeropuerto de Tokio, al que se llega aproximándose sobre la bahía casi rozando las cabezas de los pescadores que pululan en sus pequeñas embarcaciones.
Chips, robots y un filete
Resumiré el viaje diciendo que visitamos unas viviendas japonesas típicas en Tokio, supimos algo más de los modernos rascacielos de Shinjuku en compañía de dos coruñeses estudiantes de arquitectura, los hermanos Caridad, hicimos la ruta del Fujiyama hasta Kobe, donde visitamos unas granjas marinas y, tras pasar por la Feria de Automatización y Electrónica en Osaka (vi montar todo un automóvil por un solo operario quien, con una casete, controlaba unos robots que, desde el corte de chapa hasta el montaje de motor y carrocería, lo iban haciendo todo solitos), visitamos una granja de cría de las famosas vacas de Kobe, estabuladas, alimentadas con pienso y cerveza, continuamente masajeadas con unos cepillos con los que se iba “cocinando” la carne en vivo, y probé un filete que se cortaba con el tenedor, en el restaurante del Portopía Hotel.
Luego, en Kioto, los ingenieros estudiaron el sistema de encargarle el montaje de chips por una cooperativa de campesinos, quienes recibían los materiales de la fábrica y montaban los elementos en sus ratos de ocio, sin más relación contractual con la fábrica que la de cobrar por unidad montada. Como dije, al frente de EITE estaba Xabier Alcalá, un gallego de adopción y notable escritor en nuestra lengua vernácula. Formaba parte de la expedición el también ingeniero y titular de la especialidad de electrónica en la incipiente Universidad de Vigo, Enrique Mandado, con quien recorrí en Tokio el increíble distrito de Akijabara, literalmente enlucido con todo tipo de aparatos electrónicos.
Pero el personaje principal era Pita, un hombre con el aspecto más bonachón que he visto nunca y un carácter acorde con su fisonomía, empeñado en recuperar la flora autóctona en Galicia y, como si del propio Buzz Lightyear se tratase, ¡más allá!
¿Más allá? Pues sí, porque un par de años después Jesús Fernández Pita iniciaría un proyecto increíble: venderle castaños gallegos al mismísimo Gadaffi, para repoblar el desierto libio. En 1987, un año antes de morir, el bueno de Jesús había logrado enviar 3.000 plantones de castiñeiro gallego resistente a las plagas de chancro y tinta desde Ferrol hasta Libia.
No sé, ahora que el país norteafricano vuelve a sufrir los ataques militares, qué habrá sido de aquellos castiñeiros, pero me rindo a la osadía de este ferrolano que en gloria esté, como sé que está en la memora de sus hijos, continuadores de las ilusiones de su padre.
Seguro que Pita estará tratando de convencer a San Pedro de que el cielo quedaría mucho mejor a la sombra de un carballo.
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