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09/05/2011

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En la primavera de 1977 Portugal se preparaba para unas elecciones generales y en Oporto se celebraba un encuentro de cine clubs con representantes de la industria cinematográfica de Portugal y España. En distintos locales de la ciudad se reunían los participantes para debatir sobre el futuro de la creación y la industria. En mi … Continuar leyendo "CINE, ELECCIONES, GAFE Y PISTOLAS"

CINE, ELECCIONES, GAFE Y PISTOLAS
En la primavera de 1977 Portugal se preparaba para unas elecciones generales y en Oporto se celebraba un encuentro de cine clubs con representantes de la industria cinematográfica de Portugal y España. En distintos locales de la ciudad se reunían los participantes para debatir sobre el futuro de la creación y la industria. En mi recién estrenada “ocupación” como secretario de prensa de la Federación Española de Cineclubs, cumplí mi papel de trasladar hasta la capital lusa al presidente de la institución, Suso Cano, en mi ya veterano “127”.
Llegamos a Oporto justo a tiempo de participar en uno de los coloquios que en Portugal suelen tomar la forma de sucesivas y casi interminables piezas oratorias, más que de un rosario de preguntas y respuestas. Allí conocí al productor José Antonio Pérez Giner y a los directores, de aquella casi noveles, Eloy de la Iglesia y Fracesc Bellmunt.
Ni me acuerdo de qué hablamos en aquel primer encuentro, pero creo que el tiempo se consumió entre fórmulas, más o menos imaginativas, sobre cómo afrontar la transición de la dictadura a la democracia con el referente próximo de cómo se iba haciendo, en el plano cultural, la transición portuguesa. Las diferencias de los procesos luso y español saltaban a la vista porque en Portugal se había producido una ruptura clara con el régimen anterior, tras la asonada del MFA, mientras que aquí íbamos “buscándonos la pulga”, como la Chelito, con aquello de la “reforma” o la “ruptura pactada”. Debo decir, para ilustrar el relato, que la delegación española estaba prácticamente tomada por intelectuales orgánicos e inorgánicos del Partido Comunista de España.
Terminada la sesión, formamos un grupo para salir a tomar algo y nos juntamos Francesc Belmunt, Eloy de la Iglesia, su compañero y guionista de muchas de sus películas Gonzalo Goicoechea, y una hija de Pérez Giner cuyo nombre no recuerdo, además de Suso y yo. No me acuerdo de dónde cenamos, ni qué, pero no olvidaré lo que pasó después.
En medio del ambiente de la pegada de carteles para las elecciones portuguesas, aquella alegre comitiva transitaba por las rúas próximas a la plaza dos Poveiros, donde a medianoche se manifestaba el ambiente preelectoral. Eran momentos de una cierta euforia procedente de una oposición al régimen de Franco que disfrutaba de sus primeros pasos fuera de la clandestinidad.
En ese ambiente, el bueno de Eloy de la Iglesia se acercó a unos denodados pegadores de carteles, repitiendo a voces la cantinela con la que llevaba ya algunos minutos: “¡Así se ve, a forza do pecé!”, cantaba en algo parecido a portugués. Casi sin solución de continuidad, Eloy regresó al alegre grupo que acababa de abandonar, con el rostro demudado y una alerta en los labios: “Son fachas y llevan pistolas”, nos dijo mientras sugería un cambio de itinerario para eludir aquel grupo de pegadores de carteles, en el que creímos advertir las fisonomías que la alarma de Eloy nos había sugerido. Me fijé en uno de los carteles ya pegados y se trataba de propaganda electoral del PPD (Partido Popular Democrata), que por entonces podría corresponderse ideológicamente con lo que aquí era Alianza Popular y que acogía a parte de la ultraderecha portuguesa.
Del gafe, al fado
Entonces alguien me reprochó que hubiera mencionado a Pérez Giner un poco antes y, ante mi asombro por el reproche, me explicó que el productor cinematográfico era gafe, como se sabía en el mundillo del cine. Ni su propia hija discrepó de la definición y todos aceptaron, medio en serio medio en broma, que aquel inquietante encuentro era consecuencia de haber mencionado al gafe. Aquella superstición entre un grupo de eclécticos intelectuales parecía confirmar el gallego “eu non creo nas meigas, pero habelas hailas”, a pesar de que el grupo estaba formado principalmente por vascos y catalanes. Pero nos pasamos tres días sin mencionar al innombrable.
Pasado el mal trago, Suso decidió que la forma más segura de encontrar algún garito para tomar unas copas era recurrir a un taxista. Dicho y hecho. Un amable profesional del taxi trató de explicarnos como alcanzar la dirección que nos indicaba hasta que alguien cortó por lo sano y decidió que nos llevara. En el trayecto lo abrasamos a preguntas y, finalmente, decidió acompañarnos al local de un amigo suyo donde podríamos asistir a una sesión de fados.
Nos presentó al propietario, quien nos invitó a una botella de Porto, nos acompañó junto al taxista en la velada y nos confesó que él era socialista y estaba encantado de agasajar a unos correligionarios españoles. Nos bajamos dos botellas de aquel Porto entre los ocho, escuchamos los fados de rigor, arreglamos el mundo y terminamos la velada a las tantas, invitados también a transporte por el taxista que nos regaló aquella velada.
Espero que haber vuelto a mencionar al productor no me proporcione un meigallo, aunque sí una conclusión: elecciones, pistolas y gafes no hacen una buena combinación.
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