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23/08/2020

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DOS MOMENTOS DE JUAN CARLOS EN VIGO
EL REY FUGADO POR PEINADOR

La foto de la derecha fue tomada en noviembre de 2018 en la Ronda de Don Bosco, después de que Juan Carlos I gozara de una abundante, nocturna y muy bien regada velada gastronómica en un ´choco´ vigués. Le sigue su amiguete Pedro Campos, experto navegante en cualquier circunstancia, tanto en mar como en tierra. La rubia que se ve al fondo es nueva. Y a la izquierda un muy joven ex monarca cuando todavía se encontraba en periodo de obligada formación militar

DOS MOMENTOS DE JUAN CARLOS EN VIGO | EL REY FUGADO POR PEINADOR

Año 1957

– Los guardiamarinas de la Escuela Naval de Marín salían los festivos a pasear por Pontevedra; y las provincianas chicas con apellido local que en su día se habían puesto de largo en el Casino conocían muy bien sus acostumbrados itinerarios y paradas. Por eso algunos, para escapar de este control y seguimiento femenino, con frecuencia se trasladaban a Vigo.

– Un domingo del mes de Febrero de aquel año 1957, sobre una del mediodía hacen su entrada en las recién inauguradas instalaciones del Aero Club en la calle Reconquista tres caballeretes guardiamarinas muy recién planchados. Uno, el más alto, es Juan Carlos Borbón y Borbón, de diecinueve años, Juanito para los suyos, un pobre chaval acogido, tutelado y programado por Franco desde la tierna edad de los diez. Sorpresa general y silencio entre los presentes que tomaban el aperitivo en plan familiar. Todas las miradas sobre el cadete Borbón, que parece cortado, tan derecho como dubitativo  junto a la puerta, hasta que los ocupantes de una de las mesas se levantan en señal de bienvenida o respeto y hacen una ligera inclinación de cabeza. El Borbón y sus compañeros, descubiertos, sujetado las gorras en el antebrazo a la manera militar,  se animan a continuar hasta la barra.

– El ambiente en el local es expectante; pero espeso. ¿Qué hace este aquí? Y es que los que disfrutan del aperitivo son, como la mayoría de los españoles afines al Régimen, muy franquistas; pero para nada monárquicos, todo lo contrario, por lo que les desagrada la presencia en el local de un miembro de la estirpe borbónica, aunque se trate de un simple capullo sin ningún futuro. La gente se mira, mira a Juan Carlos y a sus compañeros. Algunos murmuran lo suficientemente alto su malestar para que se les pueda oír en una mesa próxima.

– La incómoda situación dura diez minutos, que son los que soporta el jovencísimo Borbón. El y sus compañeros apuran sus consumiciones, pagan y se dirigen a la salida. Los presentes los siguen con la mirada; y esta vez nadie se levanta, aunque Juan Carlos ensaya un mínimo saludo a los que sí lo hicieron a su entrada.

Nunca volvió el cadete Borbón por el Aero Club.

* Aunque no venga a cuento: en aquella época, el uniformado, serio, ya de una cierta edad, conserje del club se paseaba con un loro sobre su hombro izquierdo. Un loro de verdad, no de peluche. Un loro que observaba y callaba, no abría el pico. Y tan bien entrenado que jamás ensuciaba la impoluta chaqueta de su amo el conserje.


Año 2018

– Tras un largo reinado de más de cuarenta años, tras haber protagonizado mucho real golferío de todos los españoles conocido, al tiempo que no poca afanancia financiera menos divulgada, en el año 2014 el monarca Don Juan Carlos I fue, a sus setenta y seis años de edad, relevado en el rentable oficio de monarca por el hijo que lleva la etiqueta de Felipe VI.

– Ello tras una serie de acontecimientos encadenados desde que en el año 2012 se cargó un elefante en África; y después de celebrarlo, estando ya bastante beodo se dio un trompazo en una escalera, lo que lo llevó – avión medicalizado mediante – a un hospital de Madrid y a pedir perdón a los españoles.

– En su condición de Emérito y ya muy escarallado, una noche de mediados de noviembre de 2018 se encuentra en Vigo en visita privada, invitado a una cita gastronómica en un ´choco´ situado en una especie de callejón junto a la Ronda de Don Bosco. Le acompañaba la habitual troupe de amigotes de Sanxenxo. Salen los comensales a la calle a altas horas de la noche y se topan con los jóvenes que se encuentran bebiendo a la puerta del bar de copas llamado La Juakina, que también es casualidad el nombre. La animada muchachada noctámbula no da crédito: es el mismísimo Juan Carlos, el hombre renqueante y balanceándose con la ayuda de un bastón y de un brazo amigo. Comienzan a hacer fotos y grabar vídeos en los que también aparece Pedro Campos, un tipo muy espabilado para las cosas náuticas, que también se mueve muy bien en sus proximidades políticas y económicas; y al fondo aparece una rubia que es nueva. Comienza el pitorreo.

– Así se llevan las cogorzas, con estilo

– ¡Campechano!

– ¡Viva la República!

– Juancar, ¿te puedo dar un besiño?

Aunque sin tales componentes etílicos, así estaban ya las cosas en las calles del país, no sólo en esa de Vigo. Lo acontecido en la Ronda de Don Bosco fue como una representación bufa, una especie de teatrillo. Algo simbólico.

En su estado, el Emérito mira hacia los jóvenes parece que hasta con simpatía y sonríe. Porque él, que siempre fue un cachondo, los comprende.  Y además a estas alturas le da todo igual. Los vídeos y fotos se difunden rápidamente por Internet y son recogidos y destacados por los medios de comunicación. Algunos testimonios de aquello se encuentran fácilmente en Google, con imagen y sonido.

DE PEINADOR AL EXILIO

Tras haberse complicado el enorme pasteleo financiero en el que está involucrado, al Emérito lo echaron de casa y se refugió en Sanxenxo, con la cuadrilla, en cuyo puerto deportivo se encuentra su último barco de la saga ´Bribón´, a quién se le ocurriría el nombre, que antes fueron los ´Fortuna´, que también le llega.

Mientras se sucedían especulaciones sobre su posible destino, allí se preparaba la espantada. Una fuga que destapó el diario ABC, que se marcó la exclusiva el día 3 de Agosto: con esa misma fecha el Emérito había abandonado España desde el aeropuerto de Vigo. En vuelo privado, a las diez de la mañana y con destino Abu Dabi, capital de Emiratos Árabes Unidos. Para embarcar, llegó a Peinador a bordo de un 4×4 acompañado por cuatro personas que también embarcaron en la aeronave aparcada en el aeropuerto desde la noche anterior.

Otra vez Vigo. Que en esta ocasión dejó, es seguro, con profundo pesar. Una salida clandestina e indigna es algo que Juan Carlos I se ganó a pulso, aunque las penas con unas cuantas toneladas de pan de oro lo son menos. Si el avión despegó por la cabecera norte, y si Juanito, aquel niño de Estoril adoptado por Franco, se encontraba sentado a la izquierda del aparato igual le  vino a la mente aquello de ´Vexo Vigo, vexo Cangas, tamén vexo Redondela´. Y más allá vería la Ría de Pontevedra y la Escuela Naval de Marín. Al otro lado Sanxenxo. Fue lo último que desde al aire contempló del país del que durante más de cuatro muy vividas décadas fue monarca.

El abuelo Alfonso XIII también también tuvo que darse el piro, también obligado por las circunstancias; pero en su caso con más estilo, desde Cartagena y a bordo de un buque de la Armada española con rumbo a Marsella, desde donde se trasladaría posteriormente a Roma.  También bien forrado, aunque mucho menos que Juan Carlos I, en su caso gracias a las rentabilidades de sus intereses en empresas mineras en el norte de Marruecos. Un territorio, el del Rif, defendido en el primer tercio del Siglo XX a costa de muchas miles de muertes de soldados españoles. En una coyuntura nacional muy diferente a la actual, tras la huida del Rey Alfonso XIII fueron Vigo y Eibar las primeras localidades en proclamar la República.

UNA EMPRESA FAMILIAR.- Así definió Corinna Larsen a la Casa Real, afirmando que Juan Carlos I llevaba largos años dedicado a muy provechosos negocios de mediación en beneficio propio. Y aquí apuntar que mientras Juan Carlos I se encuentra tan ricamente bien protegido en Emiratos, su yerno el Urdanga continúa en la cárcel de mujeres de Avila. Esto porque el marido de la infanta es un pringado que, tras haber visto lo que vio, quiso ejercer de aprendiz. A otros niveles, por eso está en la trena. Su condena fue una especie de pantalla de humo que no llegó para cubrir, ni mucho menos, la corrupción real que ya existía en grado sumo y que salió a relucir después, una parlanchina amante rubia por medio.

J.GÓMEZ F

 

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