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27/08/2013

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EL ENCLAVE SOCIAL Y GASTRONÓMICO DE COCHÓN

La imagen es antigua, anterior a 1930. El hombre del sombrero sentado en el muelle de Canido contempla la playa de Canto de Area y, muy especialmente, la modesta casa de comidas de la familia Riera, a donde acudirá después para almorzar junto con el fotógrafo.

EL ENCLAVE SOCIAL Y GASTRONÓMICO DE COCHÓN

Los Riera llegaron a Canido a finales del Siglo XIX. La tienda-taberna para marineros que abrió Jerónimo Riera ya existía en 1900.

Trascurridos más de cincuenta años, en los años sesenta del siglo pasado ya hacía tiempo que se había convertido en un establecimiento de cierta categoría que era hostal, bar y restaurante y que en la época estival funcionaba como un verdadero club social para los veraneantes, con un cierto toque de casino privado.

El nombre oficial del establecimiento era ´Rosita´, por Rosita Riera, una cocinera capaz de preparar guisos fantásticos cuando le daba la gana; pero era conocido por todos como Cochón, por el marido de Rosita, que ejercía de manager y contertulio. Luciendo una considerable humanidad pronunciada por esplendorosa barriga realzada por prolongados tirantes, decían que a Cochón lo bautizó así un francés que se había alojado una temporada en el hostal. Y que después le envió un par de cartas con un ´cochón´ dibujado en los sobres.

INDUSTRIAS ANTIGUAS DE CANIDO

Las naves industriales que se perciben en la fotografía, al fondo, estuvieron ocupadas en el último tercio del siglo XIX por la Cordelera Ibérica, importante industria fundada por el catalán Tomás Mirambell, que empleaba a sesenta operarios y contaba con la más avanzada maquinaria de vapor procedente de Inglaterra.

Era el litoral una zona salinera para abastecer a las fábricas de salazón, cuyas delimitaciones, en rectángulos, aun se pueden observar con marea baja desde las alturas de la torre de Toralla. A mediados del Siglo XX, herederas de las industrias salazoneras, funcionaban frente a la playa de Canto de Area las conserveras de Floro González, Guillermo Curbera, Antonio Cerqueira, Campos Varela y Vicente Coma. Todos ellos buenos clientes de Cochón, al igual que los Amadiós, Ferrán y Canella.

FUMABA CUARTOS DE PUROS EN BOQUILLA

Cochón era todo un personaje y amigo de sus clientes, aunque más de unos que de otros, que apreciaba especialmente a aquellos que eran fumadores de puros habanos de calidad, sobre todo si acostumbraban a abandonar sobrantes de entre un cuarto y un tercio del tamaño del veguero. Para aprovechar las generosas pavas utilizaba una boquilla ancha que siempre llevaba en la boca. A veces estaba de suerte y le regalaban un puro entero y sin estrenar, lo que agradecía no poco. Nadie sabía alargar ni paladear un buen habano tan a gusto como él.

En verano era cuando se forraba de pavas y de negocio con los veraneantes que allí acudían a primera hora de la tarde para tomar café, trasegar un par de copas y jugar grandes partidas de dominó. Al tiempo que atendía a unos cuantos privilegiados huéspedes del hostal que acudían todos los años. Los desconocidos no eran bien recibidos, a no ser que tuvieran pinta de gente con buenos posibles. Se comía muy bien en el restaurante, con el resultado, en ocasiones, de una cuenta todavía más abundante que las raciones. Y como por entonces no existía el IVA, Cochón, que podía ser ocurrente, se inventó unas siglas propias: PSC, con una cifra al lado para añadir al final del listado de las consumiciones, con el obvio propósito de engordar el resultado de la suma.

Lo que aplicó por primera vez a un asiduo de confianza, que se apercibió. ´PSC, ¿y esto qué es…?´ ´¡Por si cuela, hombre, por si cuela!´, le contestó Cochón entre risas y toses.

A partir de entonces todos los parroquianos tuvieron buen cuidado en revisar la cuenta apunte por apunte, no sólo el último, no fuera a ser que el PSC se encontrara por el medio. Lo que no sabemos es si algún forastero fue objeto del chiste.

El hijo de Cochón, Ricucho, era persona cordial, habladora, que ya alcanzaba una cierta edad. Atendía la barra y en la caja sólo tenía monedas. De las transacciones con billetes se encargaba su padre.

La gran aventura de Cochón fue cuando Aguto Fadrique lo invitó a un paseo en su avioneta. Aunque Fadrique comentó que durante el vuelo estuvo muy tenso y no dijo ni mu, después se dedicó todo el verano a contar la experiencia aérea con especial énfasis en la pasada sobre Canido.

J.VÁZQUEZ

Enlaces:

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