En portada

ES ARGENTINA

Su imagen, junto a una gestualidad acompañada de típica voz rota de discurso arrabalero, representa a la Argentina actual. Nacida en un marginal suburbio de La Plata, la nieta de un emigrante de A Fonsagrada perfecto protagonista de esos chistes de gallegos llegó a la presidencia del país siendo ella, dos generaciones después, muy pero que muy argentina.

ES ARGENTINA

Las élites porteñas, las clases altas de Buenos Aires, no importa que arrinconadas desde la llegada del peronismo en el primer tercio del Siglo XX, siempre fueron y siguen siendo prepotentes, engreídas, cargadas de una falsa superioridad, exhibiendo un desprecio hacia las demás naciones sudamericanas que, logicamente, no les  reporta simpatías en el continente. Los argentinos no caen bien en América.

Esa prepotencia de las élites, su desdén por los otros, con el tiempo se transformó en el «patrioterismo» que distingue a las masas de «descamisados» sobre las que se asienta el peronismo de líderes populistas. Ahora gobierna Cristina Fernández rodeada de una camarilla de la Juventud Néstor Kirchner, la llamada Cámpora, que está comandada por su hijo Máximo, buen nombre.

Se trata de tercermundismo sociológico combinado con una peculiar y añorante versión de fascismo
. Aunque estos no lleven camisas negras porque son eso, «descamisados».

POBRES PERO SUBSIDIADOS

A los patrioteros argentinos, tanto a las masas como a los individuales, les cuesta aceptar la presencia de empresas extranjeras en su país, en especial si son españolas. Más aun reconocer que esas empresas fueron  las que, en los años noventa, rescataron a una Argentina todavía más caótica en la que nada funcionaba. Ni el abastecimiento de agua, ni las telecomunicaciones, ni la electricidad, por mencionar tres servicios básicos que en la actualidad se encuentran gestionados por compañías españolas y son bastante más eficientes de lo que eran.

De los servicios proporcionados por esas empresas se benefician los que a la menor oportunidad salen a la calle con sus tambores, gritos, cantos y consignas, sobre cuyos votos se asiente el poder a esta Cristina Fernández, la reina de la chusma, que se coloca a las cámaras acompañada de una imagen de Evita.

Quizás sea su argentinismo lo que les impide ver que su país, gobernado de otra forma, debería ser próspero. Sin embargo, se contabilizan unos niveles de pobreza que según cifras oficiales alcanza al 22% de la población; pero que otras fuentes colocan bastante más arriba, en torno al 40%. No les importa que no se les ofrezca una educación en condiciones, ni sanidad ni «laburo», porque se les subsidia mediante prestaciones que les permiten vivir, no importa que malamente ni careciendo de servicios en condiciones, sin trabajar. Lo que para la mayoría de eso se trata.

Argentina es abundante en recursos naturales; pero le fallan los recursos humanos, que a la postre son más importantes.

Un alto porcentaje de la población argentina está compuesta por pobres subsidiados que al tiempo están agradecidos a su gobierno y que constituyen un amplísimo sector de voto clientelar.

Y así va el país, gobernado antes por un personaje como Carlos Menem, después por los Kichner y ahora por la Kichner, ampliamente superado en su economía por otros de la región. Y comparada con esta España en crisis y de recortes sociales, Argentina se encuentra a años luz, a unos treinta años de luz, transporte y sanidad, por poner tres ejemplos.

EL PAÍS DE LOS «TERRONES»

Solo en un país con puesta en escena de mala opereta los ciudadanos pueden adorar a un personaje como Maradona, un drogadicto con síntomas de otra cosa. Opinan algunos, incluso algunos argentinos, que esto, esa puesta en escena, se debe a la masiva emigración procedente del sur de Italia que desembarcó en el país a principios del pasado siglo. Es un criterio a tener en cuenta.

Lo cierto es que mala resultó la alquimia poblacional de mezclar, en el mismo espacio geográfico, a «terrones», que es como se designa en Italia a los habitantes del sur subdesarrollado en contraste con el norte, con «gallegos». Esos gallegos tan despreciados en los chistes «tanos». Unos chistes que – sus psicólogos lo deberían saber – pueden producir el efecto contrario al deseado, resultándoles todavía más doloroso soportar la superioridad de esas empresas españolas que son capaces de hacer funcionar lo poco que marcha bien en su país, con unos niveles de eficiencia que los argentinos nunca serán capaces de alcanzar.

CONTRASTE CON LOS CHILENOS

Que los argentinos, colectivamente, no se distinguen por su mesura y que son gente de poco fiar, cambiantes y ventajistas, también imaginativos, es una opinión bastante extendida. Al contrario de los chilenos, que gozan de fama de gente cabal y cumplidora, lo que se debe, probablemente, a que la afluencia de emigrantes del sur de la península italiana a Chile fue mínima; pero sí, en cambio, significativa, la presencia alemana, que tuvo considerable importancia en la configuración del país.

Los argentinos, por supuesto, miran con desprecio a un Chile que les ha sobrepasado de muy largo en economía y como sociedad.

Naturalmente, es obligado mencionar que hay muchísimos argentinos que son cultos, serios, eficientes y fiables, que constituyen un amplio sector de aquella sociedad; pero que están acogotados, se podría decir que hasta marginados, por el populacho peronista. Son ellos los que realmente padecen las consecuencias, también la verguenza, de la peculiar política argentina.

¿Y lo de Repsol? Bueno, ya lo adivinó un alto ejecutivo de la compañía cuando, en noviembre del pasado año, la petrolera descubrió el inmenso yacimiento de Vaca Muerta manifestó: «aquí van a empezar nuestras problemas». Un yacimiento que, no teniendo los argentinos la capacidad para hacerlo, todo indica que pondrá en marcha y explotará una compañía china.

El abuelo de Cristina Fernández era natural de Vilarxurbín, en las proximidades de A Fonsagrada. Como casi todos los emigrantes gallegos de principios del Siglo XX pasó por todas las miserias hasta que consiguió montar su propia lechería. El padre de la presidenta, Eduardo Fernández fue siempre conductor de autobús, llegando a poseer su propio «colectivo», uno de esos vehículos particulares que circulan de forma caótica por las ciudades argentinas ejerciendo las funciones de transporte público.

Qué pena que la nieta e hija, respectivamente, les haya salido tan exageradamente argentina. Bastaron dos generaciones para semejante producto del medio ambiente.

Aunque en algunos medios periodísticos de BA se especula que Antonio Fernández no era su verdadero padre. Lo que explicaría todo.

R. EIRAS

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Print this page