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BUENAVENTURA MARC脫 DEL
PONT I BORI

En la ciudad viven lejanos descendientes del catal谩n que invent贸 Vigo, se dedic贸 al negocio del corso y don贸 el Cristo de la Victoria

Con esa mirada torva que muestra en la oscura reproducci贸n de un retrato de 茅poca; y siendo un hombre de fuerte car谩cter y determinaci贸n, su figura y presencia deb铆an de resultar un tanto turbadoras.

Lo que lo trajo a Buenaventura Marcó del Pont i Bori a Vigo a la temprana edad de 20 años procedente de su Calella natal, en la Costa Brava, corriendo 1758, eso lo ignoramos.

Por las razones que fueran arribó y decidió quedarse en aquel villorio marinero que apenas contaba con unos cientos de vecinos pero que estaba estratégicamente situado y favorecido por una magnífica bahía. Emprendió negocios y con sus iniciativas puso, en la segunda mitad del Siglo XVIII, las bases para el posterior imparable desarrollo de una futura ciudad, la que hoy es la primera de Galicia.

Dicen las referencias históricas que Marcó del Pont procedía de familia hidalga, disponía de un capital inicial y que pronto hizo considerable fortuna comerciando con las mercancías compradas a barcos franceses que se dedicaban al corso y que descargaban en Vigo los botines procedentes de barcos ingleses capturados cuando navegaban rumbo las Islas Británicas desde Portugal. El joven y ambicioso Buenaventura adquiría aquellos productos - aceite, vino, grano - para después venderlos a un buen precio a naves que los transportaban a otros destinos.

ARMADOR DE BARCOS DE CORSO Y PIONERO DEL SALAZÓN

Habiéndose convertido al poco tiempo él mismo en armador, llegó a ser uno de los principales del norte peninsular, por lo que el monarca Carlos III le concedió autorización para comerciar con las Antillas.
 
Cuando en 1779 estalló la Guerra de Secesión de Estados Unidos y España se alió con Francia contra Inglaterra y Portugal, Marcó de Pont obtuvo permiso de la Corona para dotar de armamento a sus barcos y dedicarlos a la industria del corso, siempre arriesgada pero potencialmente muy rentable en tiempos de conflictos bélicos.
 
En los cuatro años que duró la confrontación, hasta 1783, su flota corsaria consiguió numerosas capturas de buques ingleses y lusos. Unos éxitos bélicos y comerciales gracias a los cuales Marcó recibió honores y obtuvo un gran logro para Vigo: por fin se pudo abrir el puerto al tráfico con Montevideo y Buenos Aires; y posteriormente, en 1794, reinando ya Carlos IV, recibió permiso para traficar libremente con todos los países de América.
 
Pero no sólo eso: montó la primera industria de salazón de las Rías Baixas al modo de las que funcionaban en el Mediterráneo, mediante técnicas hasta entonces aquí desconocidas. 

Después comenzó a enviar por mar sus salazones a Cataluña con un éxito tan inmediato que pronto aparecieron por aquí - aproximadamente a partir de 1770 - decenas de paisanos suyos para establecerse en el Areal, que, como su nombre indica, era una playa en la que descargaban los barcos el pescado. Fueron los primeros famosos "fomentadores" tocados de barretina que más tarde harían de Vigo una gran fábrica de salazón, actividad que llevaría a las conservas y al nacimiento de los primeros astilleros (ver: La llegada de los catalanes inició Vigo como ciudad industrial)
 
UNA DE LAS GRANDES FORTUNAS ESPAÑOLAS DE LA ÉPOCA

Ya convertido en un hombre de enorme riqueza, financió proyectos de los monarcas Carlos III, Carlos IV Y Fernando VII, obteniendo a cambio no pocos privilegios.

Marcó del Pont matrimonió con la viguesa Juana Méndez, con la que tuvo diez hijos, el mayor de los cuales, Ventura Miguel, fue enviado a Buenos Aires, al entonces Virreinato de Río de la Plata, para dirigir los negocios familiares que allí su padre había establecido. 

Otros hijos siguieron con brillantez la carrera militar, destacando entre ellos Francisco Casimiro, último gobernador español en Chile hasta 1810, año de la independencia del país andino.

La proclamación de independencia de Argentina tuvo lugar en 1816; pero las actividades comerciales de los Marcó del Pont prosiguieron en la nueva república. De hecho, sus negocios prosperaron todavía en mayor medida, de modo que se convirtieron en familia patricia situada en la cúpula de la élite criolla. La antigua casa de los Marcó del Pont es hoy día monumento nacional que alberga un centro cultural y un museo de referencia en Buenos Aires.

EL CRISTO DE LA VICTORIA FUE DONACIÓN SUYA

Mientras tanto en Vigo, a donde ya había llegado cientos de emprendores catalanes y funcionaban numerosas plantas de salazón, Buenaventura Marcó del Pont ejercía como principal personaje y Regidor de la ciudad, cargo que se puede equiparar al de alcalde. Como tal, ordenó construir la Colegiata y donó personalmente la talla del Cristo de la Victoria

Otro dato no demasiado conocido es que en el solar del edificio del Areal que hoy es de propiedad municipal y que fue Rectorado y antes Gobierno Militar y Banco de España, se encontraba la residencia viguesa de los Marcó del Pont, donde en 1818, a la edad de 80 años, falleció Don Buenaventura. Después, en 1863, la propiedad fue adquirida a la familia por otro catalán e indiano, Fernando Carreras Guixeras, que levantó la arquitectónicamente curiosa construcción actual.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que Marcó del Pont i Bori fue el fundador de Vigo como ciudad.

No solo como propulsor del puerto y sus tráficos, también como iniciador de la gran industria salazonera origen del Vigo de talante catalán sobre el que se sustentó su vocación empresarial y el consiguiente desarrollo e imparable crecimiento económico y poblacional que experimentó en el siglo diecinueve.

Pero no hay ni una sola placa o calle como recuerdo y reconocimiento. Peor aun, Buenaventura Marcó del Pont es un gran desconocido para la inmensa mayoría de los vigueses.

BLAS C

En Vigo está bien presente la huella familiar de los Marcó del Pont. Una de las hijas del prócer, Ana Jacoba Marcó del Pont Méndez, se casó con Juan Fontán y del Pueyo, señor del Pazo Baión, en O Salnés, teniendo hijos que ocuparon cargos relevantes en la corte de Fernando VII, algunos de los cuales se trasladaron posteriormente al país americano, de donde una rama regresaría en el pasado siglo para asentarse en el Val Miñor primero y Vigo después.

Se trata de los Fontán Domínguez, hijos de José Ramón Fontán González, siempre evocado como gran persona, alcalde de Vigo a comienzos de la década de los sesenta, que forman una familia muy activa en la vida empresarial de la ciudad.

VER:
CUANDO VIGO SE DEDICABA A LA INDUSTRIA DEL CORSO

TAMBIÉN:

ORÍGENES INDUSTRIALES DE VIGO


12/04/2015