De memoria |
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DE JUECES, POLICÍAS Y PERIODISTAS (y II)
Antonio Ojea
Habíamos dejado, hace 15 días, al policía Antonio Rosino y a la periodista Marisa Real a punto de entrevistarse, días después de que el juez Julián Sansegundo Vegazo hubiese decretado la prisión incondicional del logopeda del Centro de Educación Especial “San Francisco”, Onésimo Juncos como presunto responsable de unas presuntas violaciones de niños y niñas acogidos en aquel centro, que regía el capuchino Padre Ortiz.
La entrevista se había celebrado durante una cena para dos en el restaurante “Groucho” que en el Casco Vello regentaba Josechu Curiel. Rosino alardeó, ante la grabadora que aquella joven Marisa Real puso sobre la mesa junto a la romántica vela que la presidía, de que había mandado a la cárcel al logopeda porque “estaba seguro” de su culpabilidad. Elementos de convicción para el astuto policía habían sido que el detenido tenía un cuarto, con un sofá, en el que se encerraba con los niños para hacer su trabajo, y que todos los niños “lo querían mucho”. Al juez, por lo visto, también le bastó para hacer que un inocente, como luego se demostró, se pasase dos meses entre rejas y con una acusación que levanta ampollas entre el resto de los internos.
Con respecto a la “noticia” redactada por “Lince” sobre la detención de Onésimo Juncos, el Faro, su director Ceferino de Blas, y Jaime Corujo serían luego condenados por el Juzgado de 1ª instancia de Vigo al pago de 10 millones de pesetas al logopeda, como responsables de intromisión ilegítima en el honor del demandante. La apelación consiguiente logró que esta sentencia se invalidase. Como dije, el policía fue trasladado, pero el Juez Decano de los de Vigo, don Julián Sansegundo Vegazo, se salió de rositas. Como todos los demás. Con la excepción del pobre Onésimo, quien a punto estuvo de ver tiradas por tierra su profesión y su vida porque un controvertido policía (estuvo involucrado en la “guerra sucia” contra ETA), un juez capaz de prejuzgar y un taxista metido a periodista hicieron mangas y capirotes de sus respectivas actividades profesionales.
Pero volvamos sobre nuestros pasos. Corría el mes de enero de 1985 o 1986, concretamente era el día 24 de ese mes, festividad de San Francisco de Sales, adoptado como patrono de los periodistas. La costumbre (no me gusta calificarlo como tradición) era que ese día la Asociación de la Prensa de Vigo, que entonces presidía el que esto les cuenta, celebrara una misa en la iglesia de los Salesianos y una recepción en la sede de la Asociación, en Marqués de Valladares (el intento laicista de cambiar de patrón y trasladar la festividad al día del nacimiento de Gutemberg se estrelló contra el fundamentalismo ideológico religioso). En fin, que era una de esas ocasiones en las que nos juntábamos, como si a todos nos encantara habernos conocido, periodistas, políticos y otras autoridades, entre las que no faltaba algún representante policial.
Durante el escueto ágape que ofrecíamos a las autoridades y representaciones se iban haciendo corrillos, comentando anécdotas, etc. Y, sin que mediase un explícito “off the record”, allí largaba todo el mundo según su criterio o su incontinencia verbal. Durante un rato compartí corrillo (debía departir con todos en mi condición de anfitrión) con el por entonces Gobernador Civil de la Provincia, Virginio Fuentes, y el comisario de policía, Antonio Rosino, que había llegado a Vigo tras haber ocupado la jefatura de la Brigada de Información de Bilbao en plena “guerra sucia” contra ETA. Rosino sería más tarde imputado, junto a Miguel Planchuelo y Michel Domínguez, como cooperador necesario en el asesinato de Santiago Brouard, el 20-N de 1984, cuya investigación inició como jefe de Información de Bilbao hasta que fue destituido, tras un asunto poco claro que aludía a una posible negligencia en la prevención del crimen, y trasladado a Vigo.
Tras bromear sobre ligues y separaciones matrimoniales, en un discurso que entonces me repateó por descaradamente machista, el policía se lanzó y no se cortó un pelo en explicarle al Gobernador Civil de qué forma habría que terminar con ETA, tras citar los reconocimientos y condecoraciones recibidos como experto antiterrorista. No recuerdo muy bien los episodios concretos de aquella alocución (el gobernador y yo escogimos el silencio como trinchera), pero al cabo de los años sigo recordando que me sugería algo así como “se bombardea Bilbao, y asunto resuelto”.
Era la misma autosuficiencia que luego esgrimiría Rosino a la hora de convencer a un juez proclive de su “seguridad” en la culpabilidad manifiesta del inocente logopeda.
02/08/2010
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