Por lo visto...

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GALLEGOS DE LLUVIA Y ALMA

Antonio Ojea


“Asturianos de braveza, / vascos de piedra blindada, / valencianos de alegría / y castellanos de alma, / labrados como la tierra / y airosos como las alas; / andaluces de relámpagos, / nacidos entre guitarras / y forjados en los yunques / torrenciales de las lágrimas; / extremeños de centeno, / gallegos de lluvia y calma, / catalanes de firmeza, / aragoneses de casta, / murcianos de dinamita / frutalmente propagada, / leoneses, navarros, dueños / del hambre, el sudor y el hacha, / reyes de la minería, / señores de la labranza, / hombres que entre las raíces, / como raíces gallardas, / vais de la vida a la muerte, / vais de la nada a la nada: / yugos os quieren poner / gentes de la hierba mala, / yugos que habéis de dejar / rotos sobre sus espaldas” (“Vientos del Pueblo”, de Miguel Hernández).
 
Las “gentes de la hierba mala” sólo pudieron callarlo dejando que se pudriese en la cárcel. Pero Miguel Hernández ya había hablado, poniendo en palabras lo que la piel de toro le sugería en cuanto a sus gentes. Rosa Díez no irá a la cárcel, ni a la de papel que confeccionaba “La Codorniz”, pero está haciendo méritos suficientes como para enviarla al ostracismo, a la griega.
 
Para Miguel Hernández, los pueblos de España eran merecedores del respeto que se debe al pueblo, por desgraciado que sea. Para Rosa Díez hay pueblos despreciables y pueblos apreciables; para ella hay una forma peyorativa de considerar a todos los gallegos, sin darse cuenta de que en su actuación (de acuerdo con su concepto del término) se ha venido definiendo como “gallega en el peor sentido de la palabra”, si atendemos al insulto, ya prácticamente en desuso, “¡gallego el último!”. Porque de última ha venido ejerciendo casi toda su vida política, como cuando trató de disputarle la secretaría general del PSOE a Bono y Rodríguez Zapatero, o cuando fracasó en su intento de ser alcaldesa de Ondarroa.
 
Díez es una vasca con la freudiana necesidad de matar al padre, probablemente por ese apellido nada euskaldún, que acabó por sentirse incómoda dentro de un partido que se esforzaba, con Zapatero al frente, por entender la complejidad del dibujo que la Constitución consagró para el Estado Español. Y, claro, Zapatero tenía que sufrir su ira, fruto de la frustración que los avances en el diseño el mapa autonómico de España le venían produciendo. Y, en su torpe comprensión de lo que el pueblo es, ataca al vecino leonés con lo que ella cree que es una descalificación: ¡Gallego!
 
Algo no debe ir muy bien en el diseño de sus circunvoluciones cerebrales cuando se olvida de que un día de 1994 (aún no se había separado del PSOE) promovió una demanda contra Mingote porque en un dibujo suyo entendía que se hacía “una agresión clarísima al País Vasco, a su imagen e incluso a sus gentes, y así lo han entendido asociaciones pacifistas, de hostelería y de otros tipos, que ya han pedido presentarse, junto al Gobierno Vasco, en la demanda”. La circunvolución cerebral donde se alberga la memoria crítica de RD parece haber sido devorada por la que encierra la vetusta memoria de un Imperio que nunca existió.
 
A Rosa Díez, además de no gustarle los gallegos ni los catalanes por culpa de esa manía que tienen de no enterrar su idioma bajo la bota claveteada del castellano, parece que también “le duele España”. Y ha alzado su cruzada contra esos pueblos que aman lo suyo, sea paisaje, idioma, tradiciones o carácter, eligiendo la palestra situada bajo el epígrafe “antes roja que rota” que triunfó entre los adeptos al golpe militar de 1936 y anida aún entre quienes creen sentirse amenazados por la diversidad.
 
Así es como, enarbolando el más arcaico de los sentimientos, para hacer política llamó traidor a Feijóo porque éste no se atrevió a proscribir el gallego como, según ella y Gloria Lago, habría prometido en su campaña electoral. En el fondo, ni una ni otra están demasiado preocupadas por la libertad de hablar en castellano, pero les asusta más que Freddy Kruger la posibilidad de que algún hijo suyo se ponga a hablar en esas lenguas disolventes que son galego, catalán o euskara, que son empleadas por sus practicantes sólo para fastidiarla.
 
Por lo visto, a Rosa Díez le duele España, pero se la traemos al fresco los gallegos, los catalanes y los vascos; unos porque somos “tontos” y “tartamudos”, otros porque son muy suyos y los últimos porque son tan brutos que no la votan y no son tan finos como ella. Evaristo Acevedo, que era quien encarcelaba en el papel de “La Codorniz” a cualquiera que mease fuera del tiesto, hubiera impuesto a RD una pena de 3.000 horas de aprendizaje de galego, eukara y catalán, que habría de cumplir en detrimento de cualquiera otra actividad que se le pasara por las mientes. De hacerse efectiva la sanción, y dedicándole ocho horas diarias a la tarea, podríamos disfrutar de algo más de un año de tranquilidad, lejos de las “boutades” de esta “Rosa de España, una y no cincuenta y una”.
 
Pero “La Codorniz” ya es historia, categoría que difícilmente alcanzará la Díez, porque por ese camino se la llevarán los “vientos del pueblo”.
 
 

26/02/2010