Unos por otros

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LA GUINDA

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LA GUINDA

LO SIENTO, QUERIDOS, PERO FABIO ME LO TIRÓ A MÍ

LO SIENTO, QUERIDOS, PERO FABIO ME LO TIRÓ A MÍ
Les dije que les contaría lo de la orden de ejecución de “la movida”. O sea, que les debo una explicación. Y como les debo una explicación, se la voy a dar (discúlpenme esta pequeña digresión en homenaje al Pepe Isbert de Bienvenido Mr. Marshall).
Aquel soleado último día del verano de 1986 se produjo en Vigo un acontecimiento que acabaría por resultar el certificado de defunción de lo que se conocía como “la movida”. Inventado por no sé quién (aunque sí lo sé, pero no pienso decirlo) y aprovechando las coincidencias políticas en los respectivos gobiernos locales y el autonómico de la capital del reino, se creó aquello de que “Madrid se escribe con V de Vigo”. Por lo visto se trataba de hermanar las “movidas” de Vigo y Madrid, pioneras de aquel batiburrillo lúdico/cultural/industrial.
Conspicuos personajes de la movida madrileña fueron embarcados en la estación de Príncipe Pío, en un tren nocturno con barra libre, y trasladados hasta la estación de Renfe viguesa en donde desembarcaron en lastimoso estado la mayoría de ellos. Lo de la barra libre en el bar del convoy no sé a quien se le ocurrió (dicen que al propio Soto) ni por qué, pero se pueden imaginar el escenario.
Dejemos el programa de festejos para mejor ocasión y centrémonos en el episodio que consiguió dar carpetazo a lo que debería continuar la siguiente primavera en la capital bajo el epígrafe de “Vigo se escribe con M de Madrid”. A mediodía el anfitrión, Manoel Soto Ferreiro, alcalde de Vigo, había preparado una comida en el ala-museo del pazo de Castrelos a la que estábamos invitados los artistas visitantes, los artistas locales y los medios de comunicación. Presidía el evento, junto al “compañeiro”, el presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, Joaquín Leguina, quien aceptó el honor, supongo, abducido por el talante del viejo profesor, Enrique Tierno Galván, a la sazón alcalde de la capital del reino y, dicen, gran impulsor de la movida madrileña, con aquella bendición: “A colocarse, y el que no esté colocado, que se coloque y al loro”, o algo parecido, según las crónicas de la época.
A la hora de la ubicación, me encontré en una mesa relativamente pequeña, al fondo del local, y compartí “gambones” (un madrileño de pro sabe que todos los crustaceos decápodos marinos son gambas, que se distinguen vagamente de las centollas y las coquinas y que si son pequeños son quisquillas y, si no, son gambones) con un grupo absolutamente inverosímil.
Ahora no me pidan precisiones onomásticas porque no los conocía de aquella, pero juraría que compartí mesa con Kiko Veneno y con el de las patillas largas de Malevaje y Gabinete Caligari, o Los Coyotes (no tomé notas). Ni me acuerdo de qué dijimos mientras caía el marisco, pero al final algunos habían superado el máximo de alcohol (Albariño de O Rosal, creo) tolerable por sus respectivas anatomías, cuando aún no les había pasado la resaca del tren nocturno. Ahora recuerdo que decía el colega Gustavo Luca de Tena, harto de leer en El Faro a Barreiro dando cuenta de la llegada al muelle de Trasatlánticos del “coloso Camberra”, que por qué no llamar a aquel convoy nocturno el “coloso Rías Baixas”. La eterna dialéctica mar o montaña.
Fabio a los postres
En fin, a lo que íbamos. Se llegó a la hora de los postres, los chupitos y los discursos. Lo que dijo Leguina (si es que dijo algo) no llegué a retenerlo y de Soto me quedó un brindis al sol final convocándonos a todos a un nuevo “encuentro en la modernidad”. Aquella frase restalló en plena mesa del fondo y, entre más risas que hipos (o viceversa), nos hicimos lenguas sobre lo de la modernidad, la posteridad, la preteridad y la posmodernidad.
La cosa ya iba de coña total; me acerqué hasta las proximidades de la presidencia y me puse a departir con unos asistentes entre los que estaban María Xosé Porteiro y otros colegas que no se me vienen ahora a la mente; me cayó en la mano el micrófono de las peroratas, los agradecimientos y reconocimientos, que deambulaba al albur de cualquiera, y conté el chiste de la consulta del otorrinolaringólogo y el paciente que no decía nada porque su dolencia era que “¡¡se tragó un altavoz!!”. Y me despedí con una convocatoria para otro “encuentro en lo inverosímil”.
Aún no había pasado el micro cuando alguien se dirigió airadamente a mí desde tres o cuatro metros al otro lado de la mesa corrida. Casi simultáneamente hizo un gesto y algo estalló sobre el mantel a medio metro de mí. Por lo visto, a Fabio MacNamara, que estaba más “puesto” que un tapete de ganchillo en un velador, hubo algo de lo que dije que no le gustó y me tiró el vaso de tubo con lo poco que le quedaba dentro. Creo que le debo a los efectos de lo que el bueno del Fabio se hubiera bebido el que no me acertase. Pero el vaso rompió una de las copas de la mesa y un trozo de cristal salió despedido contra la cara de no sé quien. Se armó un mínimo revuelo, se atajó la incipiente hemorragia del rostro afectado y, con todo ya de regreso a su cauce, Víctor Martínez de las Heras surgió como por ensalmo y nos arengó con todo tipo de descalificaciones hacia la organización. Creo que dijo algo así como no sé qué de “una vergüenza”. Y nos fuimos, como buenamente pudimos, cada mochuelo a su olivo.
Pasaron los años y, con eso de los “flash back” recurrentes, se empezaron a decir cosas de lo ocurrido aquella tarde de efluvios, en las que todos se adjudicaban su presencia (imposible que cupiésemos tantos allí) en aquella comprobación de que toda espontaneidad tiende a ser fagocitada por la oficialidad, hasta que muere.
De todas formas, he de decirles a todos ellos que “lo siento, queridos, pero Fabio me lo tiró a mí”.
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