Unos por otros

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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

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LA GUINDA

BALA, BALÍN, BOLA

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Les contaba, hace quince días, cómo la noticia de que el concejal Javier Pedrido se había pegado un tiro en el culo había dado para curiosas versiones, no coincidentes pero, al parecer, menos comprometedoras para el protagonista de la historia.
Con la noticia del tiro en el culo que se había pegado ya en la calle, Pedrido fue requerido por el programa informativo “Jaque a la actualidad”, que entonces dirigía Gerardo González Martín en Radio Popular, para aclarar las cosas. Con un tono jocoso y distendido, el concejal dijo algo así como que todo era una exageración y precisó:
–Eso fue un balinazo que me alcanzó accidentalmente en el vertedero de El Zondal, que estaba visitando mientras unos chavales se entretenían disparando contra las ratas con una escopeta de aire comprimido.
Pero yo disponía de al menos otra versión, procedente del entorno del concejal y no menos fantasiosa, dirigida a explicar en clave light el suceso y descargarlo, así, de cualquier atisbo de infracción legal. Según esta versión, Pedrido jugaba en una dependencia municipal a voltear la pistola reglamentaria que, sin otra intención que la lúdica, le había dejado Carmelo del Castillo, por entonces responsable de la Policía Municipal y legitimado para portar armas de fuego. Mientras Pedrido ejecutaba unos malabares con el arma, ésta se disparó accidentalmente (¿es que nadie le había puesto el seguro?) y le hizo un rasguño en un glúteo.
Como insistí en el periódico en que se trataba de un accidente con una pistola que, sin permiso, portaba el concejal para su “protección”, el por entonces primer teniente de alcalde de Soto, Carlos Príncipe, recibió la encomienda de convencerme de que no diera más la vara y aceptase la versión de Pedrido sobre lo del balinazo.
–Pero Antonio, si hay un parte médico que la avala.
–Por cierto, tú eres médico; ¿no lo habrás firmado tú?
–No, hombre, no.
Entonces le di el nombre del doctor que atendió la urgencia y cuyo diagnóstico yo conocía (no diré cómo lo supe) y, componiendo un gesto de inequívoca complicidad, Príncipe me transmitió un mensaje que venía a decir, más o menos, “mira, a mí me endilgaron este marrón y sólo pretendo que no se siga dando la vara”. Como yo le contesté con un “quid pro quo”, quedamos en dejar las cosas como estaban, sin necesidad de una rectificación que sería falsa. En fin, que desde el periódico se daba como buena la información publicada y desde el Ayuntamiento dejaban de difundir versiones edulcoradas y distorsionadas del suceso.
Unas semanas más tarde, con ocasión del acto inaugural de un parque de bomberos bajo las gradas de Río de Balaídos, coincidí con un Pedrido tan abiertamente jocoso como siempre: “Si quieres, te enseño la cicatriz del tiro”, me dijo haciendo ademán de bajarse los pantalones para demostrarme que aquella marca no podía ser de una munición del 6,75 (o como fuera el calibre). Yo le dije que para qué, pues ya los dos sabíamos de qué iba la cosa y seguimos la jornada distendidamente.
Y, ya metido en encontrar todos los resquicios del asunto, alcancé a conocer otra versión, confirmatoria de lo que ya había publicado. Según esta versión (que no difundí porque ya había quedado con Príncipe en dejar el asunto como estaba), Pedrido viajaba en un coche con la “pipa” sujeta por el cinturón a la espalda, cuando al sentarse, o en un bache, la pistola se le disparó, le hirió en el culo y perforó la chapa inferior del vehículo, que fue subrepticiamente llevado a los talleres municipales de Servicios Electromecánicos para su sigilosa reparación.
Que yo sepa, en ésta, como en muchas otras informaciones que habrían requerido su atención, el fiscal terminó como el estrambote del soneto de Cervantes: “Luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.
Claro que es verosímil pensar que el informe médico, de obligado traslado al juez en casos como el referido, habría sido convenientemente maquillado para soslayar la “intromisión” de la justicia en un feo y, presumiblemente, escandaloso asunto. O ni siquiera remitido.
 
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