Unos por otros

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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

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LA GUINDA

CUANDO CHICHI DECIDIÓ SEMBRAR EL CAOS

CUANDO CHICHI DECIDIÓ SEMBRAR EL CAOS
Hagamos un alto en el camino para recoger un extracto de memoria de hace más de 20 años. Por entonces, Santiago de Compostela comenzaba a tomar el empaque adherido a su condición de capital de Galicia y, por unas cosas o por otras, todos acabábamos por darnos una vuelta por la incipiente “movida” compostelana. Aquel día me encontré en la barra de no recuerdo bien qué pub, ya de madrugada, a quien para mí ha sido uno de los hombres más lúcidos que conocí: Chichi Campos.
–¡Coño!, Ojea.
–¡Ostrás!, Chichi, ¡como te va?
A Chichi Campos lo había conocido unos años antes, por eso de la clandestinidad y el salvoconducto que como periodista de confianza me otorgaban los clandestinos opositores al régimen desde los primeros años 70. La verdad es que yo no sabía nada de su trayectoria profesional, de sus ingeniosos trucos para sobrevivir en una estructura que despreciaba profundamente, pero sí de su ingenio, de su capacidad para hacer interesante cualquier cuestión por adusta que pudiera parecer.
Ya metidos en harina, entre el estrépito de la música y las conversaciones compitiendo por resultar inteligibles, Chichi lograba neutralizar los obstáculos para la correcta audición tirando de su increíble facilidad para hablar con dibujos. Allí, en la barra y armado de “rotring”, fue dibujando en una servilleta de papel una secuencia espacio-temporal con la que me describía el tránsito facial del colega Luis Álvarez Pousa, cuya efigie resultaba de ir evolucionando desde las de Ramón Piñeiro, Fernández Albor y alguien más hasta dar como resultado un “Luis A. Pousa, propiamente dicho”.
En fin, que seguimos hablando (yo) y dibujando (él), encantados ambos de coincidir en algunas de las conclusiones. Entre saludos a uno y otro lado, según iban apareciendo caras conocidas, conseguimos mantener la posición en aquel recodo de la barra que nos permitía estar cara a cara sin dar la espalda a las copas. Recuerdo haberle comentado la anécdota del “mangallón”, que me confirmó en plan “si non è vero è ben trovato” y que ahora paso a relatarles.
Desde unos años antes, el colega José Luis Blanco Campaña (quien no recuerdo si antes o después de lo relatado fue concejal del PP y Presidente de la Asociación de la Prensa), dirigía un programa en la radio y posteriormente en la TVG llamado “Ruada” y conocido en los mentideros como “Ruanda” (probablemente por impulso de Chichi, que trabajaba como guionista en el programa). Los desencuentros entre el guionista y el director eran, inevitablemente, frecuentes, hasta que la relación laboral se rompió. El programa de Blanco se hacía en directo e incluía la recepción de llamadas de los oyentes:
–Olá, boas noites; ¿quén chama?
–Son Agapito, de Vilardevós, e quería dicirlle que me gusta moito a seu programa porque a xente pode dicir o que pensa…
–Naturalmente, para iso estamos: ¿qué é o que quere dicir?
–¡¡Mangallón!!
Ni que decir tiene que el tal Agapito no era otro que el propio Chichi Campos, completamente decidido a reventarle el programa al bueno de Blanco Campaña, al que siempre se refirió como Negro Piraña. Chichi se tiró algún tiempo mareando al conductor del programa, lanzándole a los oídos lo de ¡¡mangallón!! en cuanto lo tenía abducido a base de halagos intencionadamente exagerados, que Blanco recibía haciendo gala de una a todas luces falsa modestia profesional.
–Olá, boas noites; ¿quén chama?
–Son Hermelinda e chámolle dende Sigüeiro. Quería dicirlle que a min paréceme vostede unha boa persoa, e que non me parece ben que lle chamen mangallón; porque a mín non me parece que sea un mangallón e está moi mal que llo digan así…
–Nada, muller, estas son cousas do directo que temos que levar coma poidamos os profesionáis. E logo, ¿quéreme decir algo máis?
–¡¡¡MANGALLÓN!!!
Chichi me confesó que siempre estuvo seguro de que Blanco sospechaba de él en cuanto le entraba por los cascos el ¡mangallón!, pero siempre caía en la trampa. Cuando ya la cosa iba de retirada, sin que nos hubiéramos movido de aquella esquina de la barra, Chichi se metió la mano en el bolsillo de la cazadora y sacó un paquete de pequeñas cartulinas sujetas con una goma elástica de esas que se usaban para sujetar el pelo y me lo dio.
–Vamos a sembrar el caos…
Cómo íbamos a hacer tal se me ofreció a la vista cuando descubrí que aquel fajo contenía varias decenas de pequeñas y oblongas tiras de papel auto adhesivo, en el que sobre un fondo amarillo fosforito podía leerse en versales negras un mensaje destinado a confundir al personal ante cualquier máquina expendedora, o lo que fuese:
NO FUNCIONA
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