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17/04/2022

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DE LA LITERATURA AL ALBARIÑO
¿O fue al revés?

Allá por los años cincuenta del siglo pasado las plantaciones de Albariño eran escasas y el vino casi ignorado incluso en Galicia. Los satisfechos colegas de la foto, José María Castroviejo y Alvaro Cunqueiro, trasegaban entre ambos, juntos o por separado, casi siempre de manera gratuita, en muchas ocasiones acompañados de elegidos amigos de buen charlar y mejor degustar, un significativo porcentaje anual de aquellas pequeñas cosechas de unos cuantos miles de litros

DE LA LITERATURA AL ALBARIÑO | ¿O fue al revés?

Tras unas cuantas botellas y ya inspirados, con la imaginación desbordando por sus respectivos alambicados regatos mentales, Castroviejo y Cunqueiro se dedicaban a lo otro, al oficio de escribir. Eran dos pájaros de cuenta que se complementaban en una intermitente amistad; y que fueron los mejores publicistas del por entonces casi desconocido Albariño, con el resultado de que tuvieron mucho que ver con su rescate y con el reconocimiento y posterior expansión del vino de las Rías Baixas. Es decir, con su presente.

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Porque por entonces el escaso Albariño era sólo apreciado por algunos buenos y bien informados catadores que acudían a ciertas tascas de Cambados, en las que se podían comprar botellas para llevar.

La uva autóctona había sufrido a mediados del Siglo XIX – como todas las demás variedades de Galicia – la aparición en Galicia del Oidium y más tarde del Mildiu, de modo que sucesivas plagas de estos hongos cuando todavía no había conocimientos ni medios para combatirlos destruyeron en la provincia de Pontevedra el 99% de las 25.000 Has de las plantaciones que existían. 

ALGUNAS CEPAS SOBREVIVIERON REFUGIADAS EN PAZOS Y CASAS LABRIEGAS

Fue tal el desastre que tuvo considerable incidencia en la emigración, ya que muchos campesinos vivían del vino que producían. Y todavía en los años cincuenta del Siglo XX no llegaban a 200 las hectáreas de cepas de Albariño que se habían recuperado o que habían sobrevivido en fincas pacegas y de paisanos celosos de su herencia, aunque no conscientes por entonces del verdadero potencial de esta uva, ignorantes de que el Albariño es una de las grandes variedades blancas del mundo. Por eso, la mayoría de las siete mil hectáreas de viñedo posteriormente replantadas en la provincia lo fueron base de variedades híbridas de baja calidad; pero mucho más resistentes a las enfermedades.

El Albariño únicamente se bebía en determinados pazos y en unas pocas privilegiadas casas aldeanas; y en algunas vetustas tascas de Cambados. Era un vino para bien informados catadores.

LOS PRIMEROS COSECHEROS

En el de 1953, Bernardino Quintanilla, propietario de pazo, retó a su amigo Ernesto Zárate, señor de lo mismo, a una cata para dilucidar cuál de sus albariños era mejor. E invitaron a una especie de cena-concurso a otros cosecheros. La sorpresa fue que ganó el vino del paisano José Rodiño Oubiña, cosechado en su finca Carballal, un vino que, al igual que los otros, estaba elaborado con uvas nacidas de cepas centenarias.

Eso sí, en los tres años siguientes se impuso el vino de Zárate, el cual, con toda hidalguía, tras el tercer galardón decidió que había llegado el momento de retirarse permanentemente de la competición.

LA BUENA LITERATURA PARA PROMOCIONAR UN VINO MUY ESPECIAL

Con las sucesivas ediciones, el número de catadores convocados ya se había incrementado considerablemente y entre los fijos al encuentro de Cambados destacaba la pareja formada por Alvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, ambos siempre dispuestos y con la querencia y mejor ánimo de probar cuantas botellas les pusieran por delante, para así darse la oportunidad de charlar, fantasear y un par de días más tarde, ya medio recuperados, ponerse a escribir.

Para su literario empeño de promocionar el Albariño consiguieron además la colaboración del extraordinario articulista y gastrónomo catalán Néstor Luján, que gustaba mucho de venir a Galicia a comer y beber invitado. Su debilidad eran los bogavantes autóctonos presentados con todos sus jugos resaltados tras una pasada por la plancha. Como además le agradaba no poco aquel blanco tan diferente y novedoso, pues divulgaba desde la revista Destino, de la que era director, las maravillas del Albariño naciente, de este modo pagando las abundantes sabrosísimas cuchipandas en las Rías Baixas.

Así, Castroviejo y Cunqueiro, con la significativa contribución de Luján, fueron desde sus columnas – no importa insistir en ello – los grandes promotores de un vino que, por su gran calidad y escasez, también por la retórica intelectual que lo acompañaba, se fue convirtiendo en una especie de mito cuyas botellas buscaban los buenos aficionados.

Y aquí es preciso señalar que, inclinación por el Albariño aparte, Alvaro Cunqueiro, aunque mindoniense de pro, tenía familia con raíces en Cambados, de donde era natural su padre.

TAMBIÉN SE DEBE RECONOCER EL PAPEL DE FRAGA IRIBARNE, CREADOR DE LA FIESTA DEL ALBARIÑO

Creciendo de manera continuada a lo largo de una década, la del Albariño siguió siendo una fiesta privada cada año más concurrida, por lo que fue mudando de emplazamiento de un pazo a otro pazo buscando mayores dimensiones de jardín para poder acoger al creciente número de invitados.

Entre los cuales se encontraba siempre un personaje llamado Manuel Fraga Iribarne, amigo y admirador de Alvaro Cunqueiro. Se trataba de un catedrático de Derecho Político que andaba por Madrid haciendo carrera dentro del Régimen y que ya había conseguido ser nombrado Director del Instituto de Estudios Políticos, que en tiempos de Franco existían estas cosas tan raras como inútiles entonces.

A principios de los 60 la fiesta ya había dejado de ser privada, para convertirse en una celebración para todos. Había nacido la verdadera Fiesta del Albariño. Y en esto Fraga Iribarne fue ascendido a Ministro de Información y Turismo, en el año 1962. Ya en 1965, presidiendo el evento, su protagonismo, por la gran repercusión mediática que tuvo, resultó clave para dar a conocer el vino de las Rías Baixas a nivel nacional.

Al año siguiente el Ministerio de Información y Turismo adquirió el Pazo de Bazán para convertirlo en Parador Nacional del Albariño.

Manuel Fraga jugó un importante papel para dar impulso al Albariño, hay que reconocerlo.

EL NACIMIENTO DE LA DENOMINACIÓN DE ORIGEN

El vino comenzaba a ser bien conocido y reconocido y las plantaciones aumentaban en extensión de forma constante. Pero faltaba el gran empujón, el definitivo, que se produjo dos décadas más tarde, en 1988, con el nacimiento de la Denominación de Origen Rías Baixas – que antes, desde 1980, era una llamada Denominación Específica – englobando al principio las subzonas de O Salnés, Condado y Rosal, admitiendo para la elaboración de los blancos otras variedades autóctonas, aunque la proporción de Albariño nunca debía ni debe ser menor del setenta por ciento.

La Denominación partió con catorce bodegas y tan sólo 237 Has de viñedo que ya eran 2408 Has en 2021. Mientras que las bodegas – en una evidente muestra de minifundio – superaban las ciento cincuenta.

En la actualidad las plantaciones de Albariño y de las variedades autóctonas que le acompañan, como Lado, Treixadura, Loureira y otras superan con amplitud las 4.000 Has.

Y el vino de las Rías Baixas está reconocido como lo que es, uno de los grandes blancos del mundo.

R. EIRAS

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