Unos por otros

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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

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LA GUINDA

EL OTRO MURO

EL OTRO MURO
Por lo visto siguen cayendo muros. Cuando el de Berlín se vino abajo en la madrugada del 10 de noviembre de 1989, parecía que el mundo se había desembarazado de una forma de entender el progreso que implicaba la intervención directa de los estados en la economía. Casi dos décadas después, la crisis financiera ha sacudido el plácido sueño de quienes saludaron enfervorizados el triunfo del “laissez faire, laissez passer”, formulado dos siglos antes.
Quién nos iba a decir que los máximos representantes de aquella fórmula que entronizaba el principio de que no hay más libertad que la que puede proporcionarnos la economía son, precisamente, los que están aplicándose a embalsamar el cadáver, aunque no sea más que para que no huela.
La imagen de los dos principales representantes del liberalismo económico americano y europeo, George W. Bush y Nicolas Sarkozy, con la sombra británica de Gordon Brown, anunciando “urbi et orbe” la necesidad de “reformular” o “redefinir” el sistema financiero, es decir, la forma que ha adoptado el capitalismo en la actualidad, debería sacudir el pensamiento universal y devolver el principio de incertidumbre (consultar “relación de indeterminación” de Heisemberg) al análisis, aceptando que todo intento de medir algo modifica el algo medido. O sea, que los resultados de la medición son equívocos y no hay manera de precisar más.
El cambio de milenio ha dado lugar a una avalancha de redefiniciones, reformulaciones, reanimaciones y todos los “re” que se quiera. Se redefinieron las fronteras surgidas de la Segunda Guerra Mundial; se reformuló el ámbito de la dinámica política de bloques que resultó de la Guerra Fría; se reanimó la idea de que sólo el mercado tiene las claves del progreso y de que el monetarismo propugnado por los gurús de la Escuela de Chicago contiene la salvación definitiva.
CUANDO UNAS TORRES SE CAEN
Ahora se trata de reformular otra vez, porque ha habido otra estruendosa caída. El colapso de las Torres Gemelas apuntó ya al del sistema financiero, no en vano las “twin towers” eran la expresión física del triunfo del capitalismo en su estadio financiero, a un tiro de piedra de la calle que alberga el nido financiero del mundo: Wall Street, o calle del muro.
Pero no falta quien se pregunte por el porqué de tanta reformulación, cuando los que ahora pretenden reformular nada dijeron de ello con la caída estrepitosa del sistema intervencionista del bloque del Este. Pues, sencillamente, porque son los vencidos los que entierran; los vencedores reaniman, reformulan o redefinen; nunca aceptan una derrota sin enemigos.
Creo que ha sido esa ausencia de enemigos la que ha llevado al sistema hasta ahora triunfante a su desmoronamiento. Del mismo modo que fue la seguridad de que ya no había enemigos (los habían convertido en “aliados”) lo que dio al traste con el Imperio Romano, la derrota del sistema intervencionista de los estados socialistas dejó sin adversarios a un imperio como el norteamericano, que se durmió en los laureles de su triunfo sin ser capaz de generar suficiente autocrítica como para adecuarse a las verdaderas necesidades de una formulación globalizadora del mundo.
Ahora, con el mal olor del cadáver, sus deudos se esfuerzan en una reanimación contradictoria, porque recurren a la vieja medicina de la intervención estatal que había sido exhorcizada para permitir el éxito de unos pocos a cambio de la derrota de la mayoría. Lo curioso del caso es que, con la derrota del sistema intervencionista, el mundo se inundó de aleluyas por el triunfo neoliberal, pero la evidente derrota del sistema triunfante no ha proporcionado más que algunas voces reclamando una “reformulación” del sistema. Ni una palabra para el advenimiento de otra fórmula.
A lo mejor es que no la hay. Claro que la que se había entronizado como insuperable ya no puede considerarse como suficiente. Cosas de “expertos”, ¿no?

En fin; yo qué sé. ¿Y usted?

ANTONIO OJEA

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