Punto de Mira

EN EL PUERTO CON CORINA Y BERLANGA

Las películas de Berlanga serían ahora diferentes aunque en el fondo iguales. El gran cineasta hubiera podido hacer maravillas con la figura de Corina Porro, quizás eligiendo como actriz a la Chus Lampreave de sus mejores momentos.

EN EL PUERTO CON CORINA Y BERLANGA

Don Manuel Fraga, habiendo reparado en la ganchosa e inquieta concejala rubia de Vigo que tanto frecuentaba los centros de mayores acompañada de un fotógrafo contratado, decidió enrolarla en su corte política:

– Vamos a ver, ¿qué es eso de Perly?
– Es que de pequeña en casa me llamaban Perlita… (sonrisa)
– Pero Usted se llama María Corina. Que Corina, como Usted sabe, es de origen griego, viene de Cora y significa doncella.
– No lo sabía, Don Manuel.
– Bueno, pues desde ahora Usted será Corina, ya me entiende hasta donde y no hay más que hablar de esta cuestión morfosintáctica.

Respecto al patronímico Porro no dijo nada Fraga, quizás por desconocimiento en este campo.

Un Fraga que había superado con amplitud la edad del actual Berlusconi y que, por consiguiente, debía limitarse a nombrar. Refiriéndose a la nueva Corina, se justificaba: “es muy trabajadora”. Se lo dijo en su despacho a un grupo de empresarios vigueses en plan disimule y como si fuera la única virtud por encima de las carencias que había visto en ella.

Transcurridos los años, Fraga – en su caso no se cambió el nombre, sino que, simplemente, eliminó el segundo apellido de fuertes resonancias franquistas – se encuentra ahora en su madrileño panteón de ilustres, mientras que Corina está al frente del puerto de su ciudad de acogida, de la que durante un tiempo llegó a ser alcaldesa por rebote político.

Esto es lo que más le hubiera gustado a Berlanga: una auxiliar de enfermería gestionando un puerto como el de Vigo. Eso sí, sin llevar uniforme, que luce otras prendas.

Una auxiliar de enfermería sin ninguna otra preparación específica, una emprendedora que trató de  montar bares de copas en los muelles; un tinglado de restauración que se iba a llamar “pescadoteca”; o una extravagante fuente cibernética especie de chafarís gigante con aguas de colores. Entre otras iniciativas en las que ella apreciaba carácter portuario.

Como estos proyectos y otros no los pudo sacar adelante, a la auxiliar  se le ocurrió utilizar las instalaciones como plató para la cadena más fachosa de televisión, Intereconomía. Y allí actuó, tan contenta en la compañía de Mario Conde, ex banquero y ex presidiario. Opinando sobre lo que ignora, envolviendo sus desconocimientos en trabalenguas a partir de razonamientos cantinfláuticos. Divulgando de paso, con sus críticas, una pésima imagen de la ciudad de la que aspira a ser alcaldesa. En una patética actuación que inmeditamente levantó las protestas de la industria de la hostelería local.

En unos planos con unos diálogos que incluso al fallero García Berlanga le hubiera costado filmar.

También al guionista habitual de Don Luis, a Rafael Azcona, le hubiera gustado saber, para así adornar el libreto, de una de las leyendas urbanas que acompañan a Corina. Aquella que la describe, cuando era concejala, arrodillada en el asfalto a altas horas de la madrugada implorando a los agentes municipales que no la mencionasen en el atestado del siniestro que acababa de sufrir el Ferrari de un jugador de color del Celta de Vigo. Una leyenda urbana – las hay verosímiles, algunas incluso ciertas – bien divulgada.

Es que Corina, la Perlita de su infancia, la Perly de toda la vida, da para mucho guión, el que se está elaborando. Lo que faltaba era eso:  anfitriona de un programa de la extrema derecha.

¡Ay, Corina! Hay Corina para rato.

También debemos mencionar que Perly adoptó por fin una razonable resolución: crear un archivo histórico del puerto en la nave de rederos, allí donde pensaba montar su ¨pescadoteca”. Una idea de seguro apuntada, que a ella nunca se le hubiera ocurrido. Mucho mejor que los tinglados de copas en los muelles.
¿Apuntada por el arquitecto de la obra, que veía peligrar el encargo? Veinte contra sencillo a que sí.

V.E.

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