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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

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INSEGUROS

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Es curioso como, a poco que nos fijemos en ello, el lenguaje coloquial va adaptándose a las circunstancias sociales en cada momento. Actualmente la preocupación mayor de la abigarrada sociedad que conformamos es la seguridad. Hay quien sitúa el comienzo esta ola de incertidumbre que nos invade en el famoso 11-S, el día en que aquel desafío vertical a la tecnología se vino abajo entre toneladas de papeles, hierros retorcidos, fuego, humo y escombros.
Dicen, quienes consideran ese como el Día Universal de Dejarse de Tanta Libertad, que allí comenzó la idea de cambiarla por un poco de seguridad. Y a partir de ese día comenzaron a ascender en la escala de la consideración social conceptos como autocensura, televigilancia, presunción de culpabilidad, ataque preventivo, amenaza global y otros. Se trata, evidentemente, de considerar que se puede someter a la humanidad a un control que dificultaría la labor de quienes quieren destruir el sistema para reemplazarlo por otro todavía incógnito.
Pero la evidencia de que la inseguridad se ha apoderado de la conciencia colectiva en un mundo que se gasta lo que no tiene en procurarse una imposible seguridad física y espiritual, es el lenguaje coloquial. No hay más que prestar atención a cómo se expresan quienes son escogidos por los medios de comunicación como soportes de algo que decir.
Se habrán fijado ustedes que expresiones como muy han sido relegadas en favor de bastante, de modo que ya no hay nadie que se considere muy contento, ni se da circunstancia alguna que pueda estimarse como muy preocupante, con la excepción del lenguaje parlamentario de toda oposición que se precie. En todo caso la gente se expresa con cautela y los superlativos parecen condenados al ostracismo, no vaya a ser que…
Y el caso es que, con esta pandemia de inseguridad, hemos dado al traste con la economía de lenguaje que venía presidiendo los albores de este siglo XXI. Hay toda una generación que, SMS mediante, había conseguido expresarse con la mitad de las letras de cada palabra, con el fin de aprovechar al máximo el límite de caracteres contenibles en un mensaje telefónico. Que eso la incapacitase para otra forma más correcta y completa de transmitir información parece, al menos por ahora, irrelevante.
O sea que, en un nuevo bucle de nuestro espacio-tiempo, nos hemos quedado sin superlativos, hemos reconducido el lenguaje hacia la seguridad de que, de equivocarnos, lo habremos hecho bastante poco. Hasta una señora que conozco reconocía encontrarse bastante embarazada, cuado unos meses antes lo que estaba era un poco embarazada.
Es que un poco también ha ido ganado cuerpo como expresión más cautelosa, de modo que, en el colmo de la cautela, hay quien está un poco, bastante preocupado por la situación económica, o política, pero no he encontrado a nadie muy nada. Ya no hay nadie muy satisfecho, sino bastante contento, aunque le haya tocado el euromillones; nadie se atreve a confesar que algo es muy bonito o atractivo, sino que se trata de algo un poco, así, satisfactorio, o bastante positivo. Las cosas, pues, ya no son buenas o malas, regulares o peores, sino positivas o negativas. Y, también, ambas son bastante o un poco, así, positivas o negativas, no vaya a ser que nos pasemos diciendo que son muy. Tampoco hay ya nada difícil (no digamos ya, muy difícil), sino complicado.
Según yo lo veo, la inseguridad está detrás de esta pandemia relativizadora, porque en la relativización cabe un margen para el error que se supone y nos remite a una seguridad virtual que, en todo caso, no existe. Y no existe porque en un mundo con más de 6.000 millones de pobladores, en el que sólo crece el número de los desheredados aunque pretende dirigirlo el otro lleno de insaciables consumidores de todo lo que puedan, la seguridad es cada vez más inalcanzable, habida cuenta de que las tres cuartas partes de la población quieren lo que la otra cuarta parte considera exclusivamente suyo.
Y no hay vaticinios capaces, por lo visto, de reconducir la apetencia de más bienes para quienes los han probado ya, en el sobreentendido de que o cedemos algo de nuestro bienestar a los que no lo tienen o éstos llegarán a ser tantos que resultarán imparables en su reclamación de alcanzarnos.
Cuando nos encontramos aterrorizados ante la crisis económica que ha estado azotando a la humanidad desarrollada cada treinta o cuarenta años, nos olvidamos que tres cuartas partes de la humanidad llevan siglos en crisis y, que yo sepa, no dice en ningún sitio que esos 4.000 millones de seres humanos no deban disponer de los mismos derechos a alcanzar la felicidad que nosotros consideramos irrenunciable.
En fin que, para no salirnos del guión, habrá que dejarse de deseos superlativos para las fiestas de cada solsticio de invierno e ir acostumbrándose, en estos momentos en que la cosa no es que sea difícil sino que es complicada, a desear un poco, bastante, así de felicidad.
O sea que sean ustedes bastante felices, estas Navidades y un poco, así, el nuevo año.
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