Punto de Mira

Artículo publicado

18/04/2021

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JOSÉ ALBERTO BARRERAS BARRERAS:
UN PERSONAJE COMPLICADO
Y QUE GUSTA
DE MAL ENREDAR

Por donde aparece casi siempre termina por haber lío. Pero esta vez ha salido trasquilado por una sentencia del Supremo. Antes, creyéndose ganador, se quiso cachondear de su cesado oponente portuario. Por supuesto, con el mal gusto, pésimo estilo, arrogancia y la falta de clase que le caracterizan.

JOSÉ ALBERTO BARRERAS BARRERAS: | UN PERSONAJE COMPLICADO | Y QUE GUSTA | DE MAL ENREDAR

Se llama José Alberto Barreras Barreras. O sea, un Barreras multiplicado por dos.

Con las rentabilidades económicas como primer y casi único fundamento vital, lo suyo son los negocios rápidos y los inmobiliarios repartidos por diferentes puntos de la geografía nacional. En la fallida operación de Vulcano manipuló conceptos y movió marionetas – empresariales, sindicales y otras -, siendo en buena parte el impulsor del cese el anterior presidente de la Autoridad Portuaria, Enrique López Veiga.

En un principio, por obra y fallo de un juez de lo Mercantil llamado Sergio Burguillo, el empresario consiguió, eso parecía, la adjudicación de los terrenos portuarios de Vulcano. Y entonces decidió que había que burlarse de López Veiga rebautizando al astillero como San Enrique, aunque si en su momento se le hubiera preguntado seguramente habría cínicamente contestado que no, que el nombre se le ocurrió en homenaje a Enrique Lorenzo, el fundador de Vulcano hace más de un siglo. O quizás en memoria de su hermano Enrique, con negocios de seguros, fallecido el pasado año.

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A partir de las razones que fueran, motivado por erróneos razonamientos jurídicos, el mencionado magistrado Burguillo, titular del Juzgado de lo Mercantil número 3 de Pontevedra con sede en Vigo, se equivocó en su dictamen respecto a la concesión y los usos de las instalaciones de Vulcano, lo que tuvo el resultado de su posterior reprobación por la dependencia del Supremo  que le tumbó la sentencia de manera muy clara, diáfana: “La actuación del Juzgado de lo Mercantil número 3 de Pontevedra invade las potestades de la Autoridad Portuaria de Vigo sobre gestión del dominio público portuario”. Y también: “No existe ningún elemento que atribuya competencia alguna al juez del concurso sobre el régimen de la concesión”.

Quedando claro que, aunque no tenga nada de santo, a Enrique López Veiga le asistía toda la razón.

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José Enrique Barreras Barreras montó el follón utilizando distintas artimañas, creyó haber conseguido su objetivo y se quiso burlar. Pero apareció la sentencia del tribunal superior y los terrenos portuarios volvieron a su sitio jurídico.

El choteo de renombrar Vulcano para bautizarlo Astilleros San Enrique terminó en fiasco. Esto por suerte para Vigo y su puerto, que se libra de la presencia de este personaje enredador cuyas verdaderas  intenciones con el antiguo Vulcano, lo que pretendía, las sabe él; pero que nosotros y otros muchos sospechamos.

Y no vale el argumento de Asime y de algunos grupúsculos sindicales de que una supuesta vuelta a la actividad del astillero sería positiva por la creación de nuevos puestos de trabajo. No sirve porque, siendo la construcción naval un sector siempre amenazado por sus frecuentes crisis, parece mil veces mejor para la industria viguesa que el puerto gane el espacio que necesita de manera urgente para operaciones logísticas que garanticen el futuro de todas las demás actividades industriales. 

V.E

Nota complementaria para precisar.- Este personaje o individuo Barreras Barreras padece, a nuestro entender, de una frustración crónica que se traduce en sus permanentes ganas de camorra y en sus actitudes desafiantes, una patología que seguramente le sobrevino por el trauma provocado,  a mediados de los setenta, por la quiebra y consiguiente pérdida del astillero familiar. Lo que se produjo por una pésima gestión empresarial que llevó a aceptar la construcción de una plataforma petrolífera que resultó ruinosa. La empresa achacó el fracaso a la devaluación del dólar, moneda sobre la que se había realizado la firma de la operación; pero se comentó por entonces que los americanos rechazaron la plataforma porque la chapa empleada en su construcción era bastante más delgada que la que figuraba en el contrato.

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