Unos por otros

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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

Unos por otros

LA GUINDA

JULIO IGLESIAS Y «AGHILIDÁ»

JULIO IGLESIAS Y «AGHILIDÁ»
Volvamos O Morrazo de aquellos incipientes “sesenta”. Como decía, pasaba algunas semanas de los largos veranos de la época en la casita de O Forte que alquilaban mis tíos de Madrid y que transcurrían entre chapuzones en Rodeira por las mañanas y las clásicas actividades de adolescentes por las tardes.
Recuerdo que en Cantalarrana, como su propio nombre indica, había unas charcas atestadas de esos pequeños batracios anuros que acababan por resultar nuestras piezas de “caza sin muerte”. Las atrapábamos exhibiendo ante ellas un pequeño trapito rojo enganchado en un alfiler doblado al cabo de un hilo o un sedal. Picaban. Entonces les introducíamos una pajita hueca por el culo y las hinchábamos soplando por el otro extremo. Casi esféricas y medio atontadas como quedaban, las depositábamos en la charca y, al poco, dejaban escapar el aire y salían disparadas como si de una fueraborda se tratase. No digo que no fuese una crueldad, pero lo cierto es que todas las ranas sobrevivían a la experiencia, después de proporcionarnos una juerga infantil mucho menos sádica que la de los adultos haciendo correr a un toro embolado o matándolo después de marearlo. Pero, en fin…
Yo, de Vigo de toda la vida, descubrí otro mundo en O Morrazo, dónde el ingenio es un modo de vida y se ha socializado en los alcumes. La precisión definitoria y la enjundia de los alcumes morracenses quedan perfectamente reflejadas en el que le habían puesto al hombre más gordo que he visto en mi vida. Lo recuerdo sentado a la puerta de la peluquería próxima al puerto de Cangas y reposando la mitad inferior de su volumen sobre dos banquetas y el resto en un elaborado escorzo compuesto con las manos apoyadas sobre las rodillas. Se pasaba horas moviendo casi únicamente la cabeza, del frente a un lado, sin sobrepasar nunca los 90 grados de giro de aquel imponente cuello, para atender la tertulia de la barbería, o para responder a algún transeúnte:
¡Aghilidá!, din que vai chover, …
–Bueeeno, a xente fala moito…
Ustedes dirán que a qué viene todo esto. Lo cierto es que siempre me apeteció contar algunas de aquellas vivencias, aunque ahora las traigo a colación porque, hablando de O Morrazo, prometí contarles como conocí a Julito, otro veraneante madrileño pero de la pandilla de los mayores. Pero sólo en O Morrazo se puede llamar “Agilidad” a quien casi ni se mueve y que ello no resulte un insulto.
Con Julito en casa de Toño
Años más tarde, creo que en el verano de 1971, aquel Julito ya se llamaba Julio Iglesias, yo hacía mis primeros escarceos en la radio, en la emisora de la REM, “La Voz de Vigo”, que dirigía Ramón Villot, y hube de entrevistar al ya famoso intérprete de “Gwendoline”, que hacía una gira por toda España junto al Víctor Manuel de “El Abuelo Víctor”, el que había sido picador ¡alláaaa en la miiiina! Nunca entendí qué pintaban juntos aquellos dos, pero la cosa parece que les iba bien.
En una sala con enorme mesa de juntas del hotel Bahía me reuní con Víctor y Julio, ellos “a pelo” y yo armado con uno de aquellos magnetófonos de cassette accionados a teclas. La entrevista tenía que hacerse tal y como se emitiría, que los técnicos de la emisora no estaban para andarse con caprichitos de novatos y, después del recorrido recurrente (¿digo lo de valga la redundancia, o me lo perdonan?), le endilgo a Julio Iglesias:
–¿Conocías Galicia?
–Pero si yo he veraneado en Cangas del Morazo, al otro lado de la ría, hace años –me dijo componiendo un gesto de comprensión, y como perdonándole la vida a aquel bisoño radiofonista.
Terminé como pude y, ya con el micrófono apagado, le digo al que por entonces conocíamos como “el termo” (“tan dentro de mí / conservo el calor…”), “engolético” y “ciclamático” (era cuando aquella sicosis colectiva de los ciclamatos usados como edulcorantes y, al parecer, peligrosísimos para la salud):
–De eso te conozco yo. Puede que no te acuerdes, pero un día, en la finca de la casa de Toño, estábamos varios de los pequeños en un banco de jardín, mientras tú afinabas una guitarra con la que supongo que luego irías “de ronda” a las niñas. Yo dije algo así como ¡caray! y tú, muy serio e interrumpiendo los acordes de la guitarra, me recriminaste: “querrás decir caramba; ¿no ves que hay chicas delante?”
–No me digas que era tan jilipoyas –me dijo entre carcajadas, mientras a su lado Víctor Manuel se esforzaba por no resultar estruendoso conteniendo la risa.
Lo que yo les diga: si lo que pasa, no pasa en O Morrazo, no pasa.
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