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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

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LO QUE LA COSTA CUESTA

LO QUE LA COSTA CUESTA
Parece que, por fin, se han dado cuenta de que el litoral gallego no soporta lo que han venido haciendo con él. No era sin tiempo. Por lo visto, entre las previsiones del Plan Litoral se mantiene el criterio de que hay que alejar los vehículos terrestres de los arenales y rescatar para la naturaleza los espacios actualmente ocupados por aparcamientos, tanto públicos como privados.
Como declaración de intenciones, lo citado no está mal. Resulta ya de urgencia extremada una decidida actuación para devolvernos a todos las excelencias de la costa gallega. Sin embargo, a mí me da que nos encontramos ante un brindis al sol, de esos que tienen únicamente por finalidad agasajar oídos, pero que resultan de dificilísima aplicación material.
El primer paso para defendernos lo dio el pasado gobierno con la prohibición de construir a menos de 500 metros del mar, asunto que no pareció muy del agrado de quienes hoy gobiernan en la Xunta, pese a lo cual parece que el nuevo proyecto no diferirá en mucho de lo pretendido por los anteriores gobernantes.
Pero el caso es que, sea cual sea el resultado final, la solución llega más bien tarde, y en unos momentos en los que el parón en la construcción puede mitigar el impacto que, en una economía tan dependiente del ladrillo, produciría una prohibición para construir. Pero es que la costa gallega no resiste más presión ladrillista sin correr el riesgo de saturación que sufre la costa levantina peninsular.
¿Habrá que saludar el cambio de estrategia desarrollista que se atisba en la Xunta? Pues no sé; pero lo que sí sé es que la protección de nuestra costa lleva decenios de retraso, con políticas que significaron una apuesta decidida por la ocupación del territorio en detrimento de su cuidado y conservación. Las políticas asfaltistas de vías rápidas en las penínsulas que forman las Rías Baixas resultan un ejemplo clarísimo de abandono del transporte marítimo entre las orillas de las rías en beneficio de inversiones multimillonarias en infraestructuras que enseguida se revelaron como insuficientes.
Otro modelo
Pero el caso es que esa insuficiencia fue calculada. Cuando se construyó la vía conocida hoy como “Coredor do Morrazo” ya sus correspondientes de O Salnés y O Barbanza habían demostrado su incapacidad circulatoria y su capacidad mortífera, mientras la ría de Vigo seguía siendo preterida como vía de transporte entre sus dos orillas. Ahora, como ha ocurrido con las otras dos, la de O Morrazo aguarda por su “desdoblamiento”, tras haberse demostrado que la desmesurada ocupación del territorio conseguida resultaba insuficiente para atender el incremento del tráfico rodado que alumbró su puesta en servicio.
Ahora, mientras en los ámbitos de decisión política se va instalando la idea de que el territorio no lo soporta todo, que nuestra privilegiada costa dejará de serlo si la festonea el cemento y el ladrillo, y que ganaríamos dinero todos si se apuesta por un modelo de movilidad más sostenible basado en el transporte marítimo, todavía hay quien añora el falso desarrollismo que se basó en considerar que cualquier terreno queda mejor convertido en solar.
La incuria que los responsables de las decisiones políticas han venido evidenciando hasta ahora resulta insostenible, y podría tener su más claro reflejo en la situación en la que se encuentra la Ría de Vigo, permanentemente amenazada hasta el punto de preocupar a Europa. El saneamiento de la ría, a cuyo deterioro no son ajenos muchos proyectos de presunto desarrollo urbano, está a punto de costarnos un montón de euros, mientras sigue abierto el frente de la depuradora de Coruxo, para mantener vivas las discrepancias políticas, sobre a quien corresponde gastarse los dineros en sanear las aguas del litoral gallego.
El caso es que mientras no se apueste decididamente, como han hecho en otros lugares, por una movilidad basada en el aprovechamiento de la costa para el transporte de pasajeros, seguiremos pensando que los intereses, por legítimos que sean, de quienes siguen parapetados tras el ladrillo y el asfalto deben determinar decisiones políticas que, a la postre, nos dañarán a todos.
Pero aún seguiremos esperando años para poder ir a la playa en barco desde el centro de Vigo, sea a Samil, Canido, Baiona, Nerga, Cangas o Moaña. Y, como desde hace años, seguiremos asistiendo a la estupidez de protestar porque no hay suficientes aparcamientos sobre las dunas de nuestras playas. Hasta que alguien nos diga, con precisión, cuanto nos cuesta no cuidar la costa.
Y, así, no vamos a ningún lado.
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