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Artículos de Antonio Ojea publicados entre 15/09/2008 y 01/01/2012

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LA GUINDA

Unos por otros

LA GUINDA

PÚBLICO Y PRIVADO

PÚBLICO Y PRIVADO
Desde siempre me he venido preguntando cómo entienden algunos los conceptos de público y privado. No me negarán que ambos conceptos se prestan a multitud de equívocos. Hay quien ha definido lo público como aquello que, siendo de todos, no es de nadie. O confunde público con estatal, o privado con inviolable o impenetrable por ajenos.
El caso es que todavía nos falta camino por andar para comprender que lo público es aquello que es responsabilidad de todos, y hemos entregado nuestra vigilancia a quienes dicen representarnos y a los que confiamos el gobernalle de la nave cada cuatro años, aunque casi no podamos elegir entre qué candidatos a gestores públicos debemos elegir.
Por aquí da la impresión de que la conciencia de que lo público nos pertenece a todos y que su cuidado, mantenimiento y disfrute es, también, cosa de todos sigue sin instalarse en el acervo ciudadano. Sin embargo, la mayoría de la población (por no decir toda) se hace el avión ante cualquier atentado a lo público como si no fuera con ella. ¿Sabe usted de alguien que afee su conducta a quienes usan, por ejemplo, el mobiliario urbano para plasmar sus garabatos? ¿Se sabe de alguien que haya denunciado a alguien por empañar o destrozar algo que, aunque compartido, sea también suyo?
Cierta forma de entender la política, refugiada en ese ámbito esotérico que la hace únicamente comprensible para quienes se dedican profesionalmente a ella, ha logrado que los ciudadanos se desentiendan de cómo le administran lo suyo. Huérfanos, pues, del bagaje argumental necesario, se dejan seducir por las apariencias sin preguntarse, por ejemplo, si un cambio de aspecto en la ciudad resulta, por sí solo, justificable; sin preguntarse si, con ese gasto, no podría hacerse algo más necesario aunque no relumbrase su superficie.
El caso es que, si bien es cierto que llegamos a discrepar de algunas actuaciones, jamás se nos pasa por la cabeza esgrimir nuestra capacidad para influir y para intervenir. Acostumbrados a considerar la política como cosa de otros, de los que quieren ser alguien y no lo lograrían en el ejercicio de su profesión o actividad privadas, la inmensa mayoría de los ciudadanos hemos dado en considerar la democracia como un ejercicio cuatrienal que, además, podemos ignorar.
Y lo peor del asunto es que los representantes legales, a quienes hemos cedido parte de la soberanía que constitucionalmente nos hemos dado, han acabado por usar en su favor este absentismo funcional y se han apropiado de todos los mecanismos de decisión.
Y eso es porque, ya desde la escuela, seguimos empeñados en hacer política de baja estofa con los niños. Unos los usan para resolver su propio autonoxo como gallegos y otros ponen el grito en el cielo porque alguien pretende reducir el ámbito de las creencias religiosas al familiar, y no quieren dejar la escuela para la enseñanza y la práctica de todo lo que nos es común.
Miedo de fondo
Así entiendo yo fenómenos como los de Galicia Bilingüe, organización cuyo “leit motiv” no es, en realidad, la defensa de la libertad sino la expresión de la repugnancia que a algunos les produce la simple idea de que sus hijos puedan expresarse en gallego.
O quienes, temerosos de que sus hijos sean dotados de capacidad crítica para atender a según qué creencias, se ponen como hidras con lo de la Educación para la Ciudadanía. La simple idea de que la instrucción en una religión (por muy tradicional que sea) no sea asumida por el Estado y sufragada con el dinero de todos, ha puesto en pie de guerra a quienes insisten en que su confesión religiosa y el proselitismo resultante han de ser norma obligatoria.
Unos y otros defienden privilegios particulares, no se engañen, ya sea librarse de la “vulgaridad” de falar en galego, o mantener unos ingresos y privilegios que les permitan el boato y la ocupación espiritual de la sociedad. En lo del idioma, el conflicto esconde, además, ese inveterado miedo a la desmembración de España, como si España fuera un concepto esencial, aunque no se lo hayan parecido ni Servia, ni Checoslovaquia, ni la Unión Soviética, ni Timor Leste.
Y quienes afirman que eliminar símbolos religiosos de las aulas es un atentado a su libertad, confirman también el principio de que detrás de todas estas reacciones a lo que no es más que respeto a las creencias particulares está el miedo patológico. Es el miedo de los débiles; de aquellos que, convencidos de que sus convicciones no sobrevivirían mucho si los poderes coactivos del Estado no las impusiesen, pretenden hacernos partícipes de los esfuerzos por conservar su particular visión del mundo.
En todos los casos, lo que subyace es el absentismo social; un pasotismo sobre lo que muchos consideran que no es de nadie (aunque tengan que pagarlo con sus impuestos) y a nadie perjudica su pérdida, o sobre quienes se consideran tan ineptos que no podrían defender solos lo que es de su ámbito privado.
Por lo visto va a ser con estas “trascendentales” cuestiones como comenzaremos un 2010 que se me antoja enredado en dialécticas como Castellano o Gallego, Religión o Laicismo, Evolución o Creacionismo, Cangas o Moaña, mientras la sociedad va adaptándose a la contemplación de que el Erario Público resulte el mejor cliente (si no el único) de iniciativas económicas surgidas a la sombra de la expoliación de ese dinero que no tiene dueño pero sobre el que deciden unos que, si aún no lo son, acabarán por hacerse amigos por el interés.
O sea que urge un rearme social que nos haga realmente protagonistas de nuestro devenir, individual y colectivamente, porque el debate social de fondo será, en este comenzar del siglo, la redefinición de lo que es público y lo que es privado, cuidándonos de que por el medio no se nos cuelen virus destructores disfrazados de espurios derechos fundamentales.
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