Punto de Mira

Artículo publicado

20/10/2021

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SOMOS VIGO GRACIAS A LAS CÍES

Al igual que ese hombre sentado en unas rocas de Saiáns, todos los vigueses necesitamos de las Cíes. Las llevamos dentro, su perfil en un horizonte mental que forma parte de nuestra identidad.

SOMOS VIGO GRACIAS A LAS CÍES

Pero las Cíes son mucho más. Por ellas, por la gran muralla protectora de siete kilómetros que forman ante los embates del Atlántico es la Ría de Vigo uno de los mejores puertos naturales del mundo.

Una privilegiada bahía que en el eje que va de Cabo Vicos, al sur de las Cíes, y la playa de Cesantes, en la ensenada de San Simón, alcanza una longitud de 25 kilómetros, alcanzando una superficie total de 11.238 hectáreas. Una Ría de Vigo que, por sus condiciones de abrigo y por su gran belleza, ha maravillado a navegantes de todos los tiempos

Esto porque existen las Cíes. Y gracias a ellas existe Vigo.

Algo que supo ver muy bien – las grandes posibilidades de un pequeño pueblo de pescadores situado en semejante privilegiada ría – un hijodalgo catalán devenido en comerciante aventurero que en una de sus singladuras descubrió Vigo en 1758 y decidió establecerse. En la década de 1780, aprovechando las guerras con Inglaterra, montó una flota corsaria, que a partir de sus capturas convirtió en emporio comercial. Además, gracias a sus éxitos, consiguió de la Corte permiso para que Vigo pudiera comerciar con Montevideo y Buenos Aires. Y posteriormente, ya en 1974 y reinando Carlos IV, para traficar libremente con todos los puertos de las Américas.  Eso fue el comienzo del gran puerto.

Buenaventura Marcó del Pont i Bori, que así se llamaba, que era natural de Calella, en la Costa Brava, por entonces la Cataluña pobre, tuvo también la iniciativa de montar en el Areal la primera fábrica de salazón como se hacía en el Mediterráneo; y para ello importó como operarios a cientos de esforzados pescadores y salazoneros su tierra. Aquello fue el arranque, pues algunos de aquellos trabajadores inmigrantes instalados en el ´Barrio de los Catalanes´ , como se dio en llamar al Areal, una gran playa, con el tiempo comenzaron a montar por su cuenta pequeñas industrias. Y andando el tiempo unos cuantos terminarían por convertirse en importantes conserveros.

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Gracias a las Cíes que lo hicieron posible, a partir de la segunda mitad del Siglo XIX el puerto de Vigo pasó a ser – lo fue durante largas décadas – el primero de la península en tráfico de pasajeros. Un par de datos: en el año 1913 se despacharon 733 trasatlánticos, por lo que desembarcaron o llegaron en tránsito 25.839 pasajeros y partieron hacia América 59.698. Lo malo: la inmensa mayoría de los que partían eran emigrantes del interior de Galicia. Y lo bueno: muchos gallegos no llegaron a marcharse porque encontraron trabajo en Vigo, por entonces una ciudad a toda máquina, con un gran ritmo de crecimiento industrial y urbano, la única ciudad de Galicia que podía ofrecerles esa oportunidad.

Algunos de los que salieron, unos pocos, tras hacer pequeñas fortunas en las Américas, pudieron volver.  Para iniciar en Vigo, de donde partieron, industrias que llegaron a ser claves en el desarrollo de la ciudad. O sus descendientes, como fue el caso de Moisés Alvarez O´Farril, un gallego mulato hijo de orensano y de afrocubana con apellido irlandés que decidió atravesar en sentido inverso el Atlántico que había cruzado su padre para fundar la que llegó a ser una importantísima industria de cerámica.

´ Vigo y su puerto van unidos en un solo pensamiento. Hablar de Vigo es hablar de su puerto; pensar en Vigo es tener en la imaginación su hermosa bahía. Por ella nació Vigo; por ella vive, crece y se desarrolla; por ella ha dado su nombre la vuelta al mundo. Que lo que maravilla es origen y fin de grandes afectos, y la bahía de Vigo es una maravilla. Maravilla de espléndida visión por su excepcional belleza, maravilla de condiciones como puerto natural´

Este texto fue escrito en 1923 por Eduardo Cabello Ebrentz, un hombre nacido en Filadelfia en el año 1865 de madre norteamericana, después crecido en La Habana; y el ingeniero que llegó a Vigo en 1909 y que, enamorado de la Ría, diseñó, construyó y, durante más de dos décadas, dirigió el puerto de Vigo, su ciudad adoptiva y más querida, en la que falleció en 1955.

Cuando exista algo parecido a un código QR de cada persona – que pronto existirá – el de los vigueses seguro que estará encabezado por un perfil de las Islas Cíes.

V.E

Enlaces:

Moisés Alvarez O´Farril

Eduardo Cabello Ebrentz

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