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20/10/2013

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16/06/2022

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TIEMPO DE SETAS

Son miles los vigueses que salen a los montes en busca de hongos. Pero la mayoría, por edad, desconocerá que el gran divulgador de esta afición entre nosotros fue, en los años setenta, ese señor de aspecto tan antiguo que aparece en la foto.

TIEMPO DE SETAS

Antonio Odriozola Pietas, vasco de Gasteiz nacido en 1911, a partir de mediados de la década de los sesenta se convirtió en bibliotecario de la Misión Biológica de Lourizán, en Pontevedra. Se trataba de un reconocidísimo bibliógrafo experto en imprenta española de los siglos XV y XVI, una autoridad en este campo y autor de publicaciones que son imprescindible referencia para el estudio de incunables. Un hombre peculiar, que jamás llevaba corbata pero siempre una camelia en la solapa.

Allá por los años setenta las setas seguían siendo en Galicia "pan do demo" para los paisanos. Y a los de ciudad ni siquiera se les ocurría salir al campo a recoger aquellos sospechosos, potencialmente peligrosos, frutos de la tierra. Por eso, cuando Antonio Odriozola organizó un cursillo de carácter semanal para el conocimiento de las setas en el auditorio de la Caja de Ahorros de Vigo al principio acudíamos cuatro gatos por completo ignorantes – aunque curiosos, quizás por aburrimiento provinciano – de la micología. Al tiempo que, eso sí, proclives a la gastronomía, ya que sabíamos que algunas setas del campo se comían y que además estaban muy buenas.

El escaso número de futuros aficionados se fue incrementando poco a poco gracias al boca a boca respecto a las enseñanzas de Odriozola acompañadas de diapositivas y ejemplares reales. Aquel singular señor incidía en un par de normas básicas: "recoger sólo aquellas setas comestibles que se conozcan muy bien" y "saber reconocer igual de bien las variedades venenosas". Los alumnos comenzábamos recolectando dos, tres, cuatro especies, para, paulatinamente, ir aumentando nuestro catálogo. Y todos teníamos en casa el par de libros de micología, con sus correspondientes fotografías o dibujos, que existían entonces. Incluso nos los llevábamos con nosotros en nuestras primeras incursiones, para identificar las setas in situ.

Poco después nació en Vigo La Zarrota, la primera sociedad micológica de Galicia. Y la afición, junto con los conocimientos, se fue extendiendo en nuestra ciudad y en toda la provincia de Pontevedra. Hasta hoy, que, aunque seguimos estando muy lejos de catalanes y vascos, hemos andado no poco, también por el monte.

Nos encontramos en una nueva temporada que, viniendo tardía, se presenta tan ilusionante como siempre. Todo empezó con Antonio Odriozola – fallecido en Pontevedra en 1987, atropellado por un trolebús delante de su casa – que dejó un gran legado no sólo en lo referente a las setas. La Exposición Internacional Internacional de la Camelia, una flor por la que sentía pasión, lleva su nombre.

Lo malo es que los recolectores de setas somos testigos, año tras año, de esa incultura endémica, tan arraigada, que padece el mundo rural de Galicia, la que lleva a los paisanos a arrojar todo tipo de deshechos al monte que consideran un vertedero, desde viejos electrodomésticos hasta colchones, pasando por envases de plástico o de aluminio y una variedad de sorprendentes objetos. En un comportamiento que llega a la barbarie cuando, avanzado el verano, deciden plantar fuego a esos montes quizás con el propósito de purificarlos de la basura que ellos mismos arrojaron en invierno… Así son de bárbaros estos autóctonos que se dedican a agredir el entorno natural en el que nacieron, viven y que no merecen. Lo que jamás harían los aborígenes de otras partes del planeta.

J.H.GÓMEZ


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